domingo, junio 20, 2021
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«Cada vez que hablamos del tema discutimos»: el miedo a contraer covid en Navidad divide familias y parejas | Belleza, Bienestar


Hace poco más de dos semanas, el Consejo Interterritorial presidido por el ministro de Sanidad, Salvador Illa, era contundente respecto a la hoja de ruta a seguir estas fiestas: “Estas navidades debemos quedarnos en casa”. En las últimas horas, además, Sanidad ha pedido endurecer los planes de Navidad en las comunidades autónomas para evitar desplazamientos intraterritoriales para juntarnos con aquella parte de la familia que vive lejos y a la cual no vemos habitualmente.

Lo que inevitablemente nos lleva muchas veces a preguntarnos ¿entonces en qué quedamos? Si la recomendación es quédate en casa y cena con los convivientes ¿por qué está sobre la mesa la posibilidad de visitar a los suegros que viven en otra provincia distinta? Este lío familiar, epidemiológico y emocional nos trae a todos de cabeza, principalmente, porque la responsabilidad final de los contagios parece recaer en nuestras propias decisiones y comportamientos. Es decir, se recomiendan unas cosas, pero se permiten otras. Cuando se trata de unas fechas tan protegidas en el calendario, llegar a acuerdos desde el punto de vista racional no sólo es complicado a la hora de unificar criterios comunes, sino que además en términos emocionales puede suponer desigualdades en la pareja.

“Cada vez que hablamos de este tema discutimos y terminamos enfadados o sin llegar a un acuerdo. Yo quiero pasar Nochebuena y Navidad con mi familia en Bilbao, pero mi pareja no está de acuerdo porque mis padres no quieren ponerse la mascarilla en interiores. A pesar de que yo entiendo su postura y ella empatiza con la necesidad que tengo de ir a casa, a veces resulta complicado no tomarse esta diferencia como algo personal. Porque al final lo es. Es algo personal. Ella impone su criterio para proteger su salud y yo siento que pierdo al no sentarme con mis padres y mi hermana”, relata Davidad Ferrero, arquitecto de 30 años residente en Galicia.

El documento de limitación acordado por las comunidades autónomas el pasado 2 de diciembre, incluye 10 medidas que las autonomías podrán adaptar según su criterio, incidencia y carga hospitalaria. Aunque la mayoría se han acogido a las restricciones genéricas que restringen las cenas a un máximo de 10 personas, toque de queda hasta la 1:30 y cierres perimetrales salvo para visitar a familiares y allegados, las dudas sobre los límites de estas medidas y la definición de lo que es un allegado, dejan a los ciudadanos con una sensación permanente de confusión.

“Mi pareja y yo pasaremos la Navidad con su familia en Cádiz y, para estar todos tranquilos, nos haremos pruebas antes de comenzar una convivencia de tres semanas. Aunque los dos estamos de acuerdo en hacernos los test, sí que hemos tenido cierto tira y afloja porque, al final, ¿quién me garantiza que las personas con las que me voy a juntar me van proporcionar el mismo nivel de seguridad que les aporto yo al hacerme los test?” expone B.K Ruano, periodista de 37 años residente en Madrid.

Por su parte, Sofía Jiménez (Madrid, 1992), también ha notado que la organización de estas navidades está resultando ligeramente más tensa que la de años anteriores: “No hemos llegado a discutir, pero sí a tener un debate importante. Yo soy muy precavida con el tema y quiero cumplir todas las restricciones impuestas, algo que veo cada vez más complicado porque soy la única que tiene todo esto en mente. La familia de mi pareja piensa que con decir «a nosotros no nos va a pasar nada» ya estamos protegidos contra el coronavirus y no es así. Nos puede pasar a cualquiera de nosotros”, explica y añade que es precisamente este contexto el que no le inspira confianza a la hora de pasar las navidades todos juntos.

“Ni siquiera se ha planteado la idea de ponernos mascarilla en interiores. Creo que no hay disposición de hacerlo y si lo propusiera estoy segura de que quedaría de exagerada”, relata.

El poder de la mascarilla para distanciarnos emocionalmente

Las evidencias científicas recogidas por la revista Science hace tan sólo un par de meses, ponían el foco en los aerosoles como una de las vías de contagio más usuales. Es decir, el SARS CoV-2 no sólo se transmite por gotículas de saliva, sino que las partículas víricas de una persona contagiada se quedan flotando en el aire, aumentando mucho las probabilidades de contraer la enfermedad si estamos compartiendo un espacio cerrado sin mascarilla con una persona asintomática.

A pesar de estas evidencias y de las recomendaciones estatales que insisten en mantener la mascarilla puesta especialmente en interiores, el rechazo a cubrirse la cara está presente en casi todos los testimonios que han aportado su voz a este artículo. Sabemos que tenemos que utilizarla, pero exigir a nuestros seres queridos responsabilidad en este aspecto, en ocasiones, continúa siendo un punto de conflicto.

De hecho, este tipo de discrepancias han comenzado a llegar también a despachos como el de Estefanía Molina, abogada de familia residente en Almería: “Algunos progenitores divorciados han utilizado el coronavirus para enconar más aún su relación, prohibiendo a los menores salir de casa para ver al otro progenitor o progenitora, llevándolos al médico con “síntomas” de un falso Covid para alargar la estancia con ellos y un sinfín de “triquiñuelas” más para entorpecer un régimen normalizado de visitas”, relata.

Pero la cosa no termina ahí. En las últimas semanas, además de resolver las disputas coronavíricas de los matrimonios divorciados, Molina también ha empezado a recibir consultas de parejas que no tienen hijos y que buscan amparar en el ámbito legal su decisión de no pasar las navidades con la familia política: “Nos han llegado consultas de si una pareja de convivientes puede decidir no acudir a cenar con la familia del otro si no han llegado a un acuerdo entre ellos. Es decir, acuden a nosotros para preguntarnos si podemos indicarles criterios jurídicos para argumentar su postura, pero en este campo no tenemos margen de actuación. Así que nos limitamos a reiterar cuáles son las medidas establecidas. En términos generales, se percibe un crispamiento generalizado ante este tipo de situaciones y la toma de decisiones que cada familia debe hacer al respecto”, describe.

David Ferrero reconoce sentirse entre la espada y la pared porque su pareja no está de acuerdo en que vaya a ver a su familia si éstos no se ponen la mascarilla: “Mis padres son más partidarios de hacernos pruebas de antígeno, algo que no es garantía suficiente para mi pareja. Es asmática y no quiere someterse al riesgo de que yo esté tres días conviviendo a cara descubierta por mucha prueba previa que nos hagamos. Creo que al final terminaré por dejarme de jaleos y no moverme”, sostiene.

Jara Peréz, psicóloga especializada en terapia sistémica y psicología transfeminista, cree que el Covid funciona como un proceso de cambio más al que se tienen que enfrentar las parejas: “La pandemia es uno de estos conflictos en los que las necesidades cambian y de repente las prioridades también lo hacen. Hay personas que quieren pasar estas fiestas con la familia de origen y no visitar a nadie más. Al cambiar esta premisa, de repente, puede suceder que la pareja ya no sea lo más importante. Y esto no tiene porque ser algo necesariamente malo, incluso puede ser hasta saludable integrar esta nueva configuración dentro de la relación de pareja porque nos libera de ciertas dependencias emocionales”, explica.

La cosa cambia cuando hablamos de que ceder en la pareja supone también exponerse a un riesgo de contagio: “Este tipo de concesiones son bastante potentes. Es decir, no es ninguna tontería dar el brazo a torcer para que tu pareja pueda ir a ver a su familia, cuando ésta no quiere ponerse la mascarilla. En este tipo de casos, diría que para que no se genere una desigualdad, la parte que más ceda tiene crédito para pedir algo a cambio. Y al revés. Si una parte de la pareja decide no ir a ver a su familia de origen para evitar poner en riesgo a la otra, también va a querer que de alguna forma este gesto se le reconozca. Aunque muchas veces se diga que en la pareja hay que ceder todo el rato, esto no siempre debe ser así. Al final hay una cuenta y si un lado siempre cede y el otro no, aparecen las desigualdades”, detalla.

“Creo que este año tenemos que ver la Navidad de otra manera. Esta no es una Navidad para fiestas o para salir como otros años, sino simplemente para celebrar que estamos aquí porque nadie está libre ahora mismo de no estarlo el año que viene. Como sanitaria y siendo muy consciente de la transmisión comunitaria que tiene Asturias, recalco mucho que una PCR o un test de antígeno negativo a día de  ayer no es garantía de nada, porque hoy ya te has podido contagiar porque el virus sigue estando muy presente”, relata Olaya del Río, enfermera de 29 años y residente en Avilés.

Como trabajadora de una residencia de ancianos, Del Río hace mucho hincapié en la importancia de llevar a cabo los rituales navideños que siempre hacemos: poner luces, cenar con nuestros convivientes o salir a dar un paseo por la ciudad iluminada. “Después de tantos meses encerrados hay que orientarse en el tiempo. Hay que saber que es Navidad y que se va a acabar el año y esto es algo muy importante sobre todo para la gente mayor que lleva gran parte del año sin salir de casa o de la residencia. Ellos más que nadie necesitan estímulos navideños como adornos o villancicos para no perder el horizonte temporal”, detalla y añade que lo más sustancial es no perderle el respeto al virus. Así y en línea con lo que sostiene en su discurso, este año Del Río limitará sus reuniones y cenas navideñas a su grupo de convivencia habitual.

“Para mí lo más importante es asumir que para disfrutar de la gente que quieres te tienes que cuidar y esa gente que quiere estar a tu lado tiene que cuidarse también para ti, y si para ello tenemos que estar con mascarilla en interiores, pues tendremos que estarlo, pero si yo quiero celebrar que tú sigues aquí, no te puedo poner en riesgo. Es una contradicción que no podemos permitirnos”, concluye.

**Se han utilizado nombres falsos para proteger el derecho a la intimidad de algunas de las personas que han accedido a compartir su historia.

 





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