domingo, abril 11, 2021
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‘La estación de la felicidad’ o acabar con el cliché de la lesbiana infeliz | Feminismo


«Tal vez tengas una buena historia aquí.  […] Pero no puedes hacer que la homosexualidad parezca atractiva. Debes quitarle el final feliz […] Eso. Y la chica con la que tiene una relación está loca o enferma».

Esto es lo que el editor de Spring Fire (Fuego de Primavera), considerada como la primera novela pulp lésbica, escribió a principios de los 50 a Vin Packer (sobrenombre de Marijane Meaker) como condición a que su libro llegase a ver la luz. Una lesbiana podía aparecer, pero no podía ser feliz para los lectores. Aunque esa petición desprendía que lo queer tenía que ser visto como algo desviado o peligroso, fuente de infelicidad y de locura, Meaker pasó por el aro de la censura, Spring Fire salió a la venta y la novela se convirtió en un fenómeno que llegó a vender millón y medio de copias. En una introducción en una reimpresión de 2004, la autora mostró algo de arrepentimiento por haber aceptado esos cambios, pero aseguró que había merecido la pena. «Si bien pudo haber contentado a las regulaciones de la oficina de correos, el público homosexual no se lo creyó ni por un minuto. Tampoco le importó: era mucho más relevante el hecho de que al final hubiera un libro que hablara de nosotros». Nadie se creyó ese final al pie de la letra: al menos existía un libro que hablaba sobre la vida de las personas queer.

Una sensación similar a de Vin Packer nos invade tras ver La estación de la felicidad, la esperada primera comedia romántica navideña LGTBI que ha pasado directamente al alquiler en España a través de distintas plataformas (entre ellas Movistar+). La cinta protagonizada por Kristen Stewart y Mackenzie Davis no será perfecta y tendrá sus propias trampas, pero al menos ya existe la posibilidad de alquilar una rom com navideña sobre lesbianas con final feliz. Una película donde no se las retrata como desviadas o asesinas, algo habitual en el imaginario hollywoodense. Porque aquí no solo se lidia con la rom com, aquí se pone a lo queer en el centro de una trama familiar navideña, un género millonario poco dado a flexibilizar sus pilares de tradición y corrección moral  (veáse Hallmark, que ha construido un imperio televisivo gracias una fórmula imbatible donde se evita la politización de sus tramas apelando a la nostalgia entendida, esencialmente, en términos de blanquitud). Poder ver la primera comedia romántica navideña lesbiana asumimos esas trampas arcaicas y hasta sabremos anticipar el desenlace de antemano, pero al menos las lesbianas que vemos ya no están, simplemente, zumbadas y su único objetivo es amargarle la vida a la gente.

Dirigida y escrita por Clea Duvall –icono queer y outsider de la interpretación gracias a sus papeles en Veep, Broad City, The Faculty o el clásico de culto But I’m a cheerleader–, La estación de la felicidad narra las atropelladas navidades de una pareja de lesbianas Abby (Stewart) y Harper (Davis) cuando Harper anima a su novia, descreída de la Navidad, a pasar las fiestas con su familia. Dispuesta a hincar la rodilla y pedir la mano de Harper a sus suegros, Abby descubre diez minutos antes de pasar cinco intensas jornadas con su más que tradicional familia política que su novia todavía no ha salido del armario y su familia sigue pensando que es hetero. La pareja tendrá que fingir que son compañeras de piso durante las vacaciones –Abby es huérfana desde su adolescencia, lo que facilita que haya sido invitada a la casa de Harper–. El trato es mantener el teatrillo de arreglo a lo bostonianas solo hasta que Harper reúna el valor para contárselo a sus padres y hermanas tras las fiestas, porque su padre se presenta a alcalde y no quiere arruinarle la campaña.

Con guiños cómicos a encierros en armarios, ex del pasado encantadoras que también vuelven a casa por Navidad  (¿quién no querría quedarse con Aubrey Plaza para siempre?) y un mejor amigo gay robaplanos (Dan Levy ejerciendo de Dan Levy, esto es, triunfo asegurado), La estación de la felicidad llega para probar dos cosas: una, que a la siempre estupenda Kristen Stewart le cuesta muchísimo ser graciosa y transmitirlo; y dos, que por mucha rom com lésbica que tengamos delante esto es una película navideña con todos sus pros y sus contras a cuestas. Hasta Kristen Stewart, en una entrevista en The Guardian se ha marcado un Vin Packer al describirla: «Es una película navideña gay. Sé que es molesto etiquetarla desde el principio, pero, para mí, es extremadamente atractivo y suena como … un gran respiro». O lo que es lo mismo: sí, de acuerdo, esta es una película navideña, pero es nuestra película navideña gay. Pero, sobre todo, y aunque la mayoría de espectadores no vislumbran ese precisamente, La estación de la felicidad, tal y como indica su nombre, tiene un final feliz para sus protagonistas. Aunque, precisamente, es en los tramos menos felices y de lucha intrafamiliar de la cinta donde más interesante, y realista, se hace la trama al espectador.

No todas las lesbianas del mainstream son asesinas 

«La estación de la felicidad funciona bien como comedia romántica navideña. Es una película que surge desde la propia comunidad LGTB con la intención de mostrar un mensaje positivo, y creo que lo consigue», apunta la investigadora Francina Ribes, que acaba de presentar su tesis Ausencia y Exceso. La lesbiana asesina en el cine comercial contemporáneo, una investigación sobre «la paradoja entre la invisibilidad de la homosexualidad femenina en el cine comercial contemporáneo y la presencia de personajes que protagonizan explícitas escenas lésbicas en el cine mainstream». Para esta académica, nos hemos educado visualmente con personajes lésbicos que si aparecían en películas del entorno más comercial, lo hacían ejerciendo la violencia y el asesinato. Una fenomenología que explotó a partir de los años 90, cuando se multiplicaron las lesbianas asesinas, violentas (y sexualmente muy activas) en el mainstream. Ribes ha centrado su tesis en lo que considera como el arquetipo de la lesbiana asesina, que aparece por primera vez durante el auge del neo-noir en el Hollywood, en películas como Instinto BásicoLazos Ardientes o Mujer Blanca Soltera Busca. «Estas películas están protagonizadas por feminidades excesivas, herederas de la mujer fatal clásica y cercanas a la recurrente figura de la vampira lesbiana. La tesis teoriza sobre el significado de este arquetipo que nace marcado por la misoginia y la homofobia, pero que esconde un inequívoco potencial subversivo», apunta.

La tesis de Ribes apunta a «si bien el lesbianismo está infrarepresentado en el mainstream, cuando aparece suele estar ligado al asesinato, y paradójicamente, la acción de asesinar, aunque evidentemente demoniza a los personajes lésbicos, también puede ser subversiva porque implica una fuerza y altera el orden simbólico que suele presentar a las mujeres (y a los personajes lgtb) como víctimas«. Teniendo en cuenta la demonización de lo queer en el pasado, y tras los recientes éxitos de nuevas narrativas y enfoques sobre el lesbianismo como Carol o Retrato de una muejr en llamas dentro del cine comercial, la irrupción de una comedia romántica lésbica navideña añade un paso más a ese cambio del paradigma. Nuevos caminos en los que son las mujeres queers, y no hombres fetichizando,  las que cuentan sus historias. «Clea DuVall, directora y co-guionista de la película junto con Mary Holland (que interpreta el personaje de Jane en el film), ha declarado que la película es en cierta manera autobiográfica, que se inspiró en su salida del armario para escribir la historia. Que la película esté protagonizada por un icono como Kristen Stewart creo que también es relevante», indica Ribes.

¿Qué hay de transgresor en todo esto? Ribes recuerda que La estación de la felicidad «no deja de ser una comedia romántica navideña, un subgénero que por definición no es transgresor. Ahora bien, considero que lo más transgresor es que utilice deliberadamente los mecanismos del mainstream (y de algo tan comercial y tradicionalmente heterosexual como las comedias románticas navideñas) para contar una historia lésbica. Podríamos decir que, en cierta manera, el hecho de que sea una comedia romántica navideña con protagonistas lesbianas es en sí mismo transgresor».

Jennifer Tilly y Gina Herson en ‘Lazos ardientes’. Foto: Cordon Press

El síndrome de la queer infeliz

«Muéstrame un homosexual feliz y yo te mostraré un cadáver gay», dice uno de los protagonistas de The Boy in Band (1968) sobre la demonización cultural de lo queer. La trágica frase la recoge la escritora y académica Sara Ahmed en La promesa de la felicidad (Caja Negra, 2019), donde analiza la fenomenología cultural de lo que etiqueta como «Queers infelices»: durante décadas la ficción no ha podido ofrecer a sus personajes queers la felicidad, y mucho menos convertir a la homosexualidad en «algo atractivo» para los lectores o espectadores, no fuese a ser que se contagiaran o se validase su experiencia como algo digno de ser experimentado. «Esto podía ser leído como que las personas queers parecieran ‘buenas’, ‘promover’ el valor social de las vidas queers o incluso influenciar a quienes leen para se volvieran queers», escribe Ahmed, que propone no ignorar esta infelicidad histórica en la construcción de estos personajes para trazar así una genealogía del afecto que no banalice o pase por alto los aspectos negativos, vergonzantes y difíciles que nos han llevado hasta llegar a este punto, el momento en el que, por ejemplo, podemos vislumbrar la primera rom com navideña de lesbianas felices.

Ribes recuerda que la primera película que intentó utilizar los mecanismos del mainstream para contar una historia de amor lésbica (con final feliz) fue probablemente Desert Hearts (1985). «Abrió un debate en cierto entorno teórico queer sobre si el hecho de copiar los mecanismos del mainstream para contar una historia lésbica podía considerarse subversivo, o si lo verdaderamente transgresor sería inventar otras formas de contar las historias, al margen del canon que marca el cine comercial, un debate que puede ser sin duda extrapolable al caso a La Estación de la Felicidad«.

Emplazada en un tiempo anterior a que se aprobara el matrimonio gay en EEUU –antes de Trump–, en La estación de la felicidad la familia de Harper practica una sutil homofobia cotidiana en un entorno WASP. No son integristas de la moral, pero lamentan «el estilo de vida» de la hija lesbiana de unos amigos o piden perdón de antemano por invitar a una cena a una pareja homosexual masculina. Es en ese entorno familiar de afectos enraizados en las tradiciones patriarcales donde lo queer se entiende como un desvío de la imagen de éxito y adaptación social aspiracional que quieren desprender a toda costa. Los padres proyectan a sus hijas todos los triunfos y metas en el entorno capitalista (valdrán lo que midan sus éxitos), una situación que genera una competición insana entre las hermanas por los afectos de sus progenitores en una especie de concurso eterno donde vocean sin descanso sus logros e hitos personales.

Ante este panorama, su hija lesbiana, Harper, cree que hará infelices a sus padres al contárselo. Una situación que entiende, y explica, a la perfección Ahmed: «La lucha social intrafamiliar a menudo implica una lucha respecto a las causas de la infelicidad. El padre es infeliz porque cree que la hija habrá de ser infeliz si es queer. La hija es infeliz porque su padre es infeliz porque ella es queer. El padre interpreta la infelicidad de la hija como lo acertado de su posición: que ella habrá de ser infeliz porque es queer. Llegado a este punto, hasta la más feliz de las personas queers se volvería infeliz«. Harper vive una agonía constante recluida en su armario porque cree que al vocear su identidad fallará a la concepción de éxito familiar y de imagen prístina modélica construida por sus progenitores para probar que han sobrevivido con nota en el orden familiar del sistema.

He aquí el cebo de La estación de la felicidad: en el imaginario del taquillazo de comedia romántica navideña, para las personas queers no hay espacio para la imaginación de nuevos horizontes. Solo se les ofrecerá la felicidad como recompensa a cambio de aproximarse a las aspiraciones vitales de la heterosexualidad. O lo que es lo mismo: lesbianas sí, pero con el anilllo y la aspiración matrimonial. Ya no son las «enfermas» de los 50 ni las asesinas de los 90. Ahora a las lesbianas se las dignifica siempre que se animen a pedir la mano y los cuerpos de sus novias a sus suegros para poder, así, ser felices como el resto. Todos reconocemos esa trampas, pero, vaya, al menos ya tenemos la primera comedia romántica de lesbianas con final feliz.



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