domingo, junio 20, 2021
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Del Everest a los mítines de las derechas españolas (pasando por París): historia del auge, caída y despegue de los plumas y otras prendas acolchadas | Moda


Hay prendas que funcionan como una metonimia, es decir, son una parte de algo que representa un todo. Este es uno de los principios que mueve a las industrias aspiracionales -como la del lujo- y es el motivo por el que objetos tan absurdos como un llavero (que se puede relacionar con un buen coche) o unos zapatos náuticos (que van asociados al mar y a los veleros) pueden convertirse en símbolos de estatus. Lo que ocurre es que no todos los símbolos de estatus hacen un viaje tan largo y tan extraño como el de las chaquetas térmicas rellenas de plumón. Y no todos tienen tantas vidas.

Desde las montañas de Nepal a principios del siglo XX hasta nuestras calles ahora mismo, el plumífero empezó siendo la parte de un todo obvio (la naturaleza, el invierno, la libertad, las estaciones de esquí exclusivas) mucho menos evidente después: se extendió por los patios de los institutos, las pistas de las discotecas de La Ruta del Bakalao, las reuniones de famosos en las mansiones del lago Como, las pasarelas de París o los mítines de los integrantes del tripartito en la plaza de Colón.

Esta historia empieza gracias a un ingeniero químico australiano llamado George Finch, quien para ir protegido contra el frío a la expedición al Everest de 1922 diseñó una chaqueta hecha con tejido de globo aerostático que rellenó de plumas. Al parecer sus compañeros de aventura se rieron de él la primera vez que le vieron con ese aspecto de muñeco Michelin, pero tuvieron que acabar rindiéndose a la efectividad de aquella prenda tan ligera capaz de dar tanto calor. Años después, un comerciante de Seattle especializado en artículos deportivos llamado Eddie Bauer patentó la suya tras una gélida jornada de pesca en Alaska en la que casi perece a causa del frío. Cuenta Erin McCarthy en Mental Floss que como inspiración, Bauer no citó la chaqueta de Finch sino las enseñanzas de un tío suyo que supuestamente había luchado en la guerra ruso-japonesa de Manchuria y allí había comprobado cómo los oficiales rusos rellenaban sus abrigos con plumas para luchar mejor contra las bajas temperaturas, un invento que probablemente ya le habían visto antes a los mongoles.

Un pastor de las planicies de Mongolia en 1962.

Fuese quien fuese su verdadero inspirador, Bauer creó un prototipo de chaqueta con un exterior de algodón lleno de pespuntes con forma de rombo que hacían que el plumón se quedase en su sitio. Lo registró. Y así nació comercialmente el plumífero. Eran los años treinta.

Patente del primer plumas de Eddie Bauer. Foto: Eddie Bauer Archive

La prenda se convirtió en un básico entre pescadores, cazadores y montañeros pero tuvieron que pasar unos cuantos años para que se popularizase a nivel masivo, gracias la democratización de los deportes de invierno. Como cuenta Andrew Denning en How skiing went from the Alps to the masses, en las décadas previas a la Segunda Guerra Mundial, esquiar era símbolo de lujo pues exigía que quien lo practicaba contase con los medios necesarios para acceder a localizaciones alpinas remotas y poder quedarse allí durante semanas e incluso meses. Aquel deporte, en el comienzo de la era industrial y mecánica, significaba un retorno profundo a la naturaleza que solo unos pocos se podían permitir.

Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las economías empezaron a recuperarse en los años cincuenta y sesenta y el tiempo de ocio empezó a considerarse no un lujo sino un derecho fundamental de la ciudadanía en los países occidentales, los telesillas afloraron en las estaciones de esquí para que llegar a las pistas fuese más fácil para todo el mundo. En los setenta los ultrarricos iban a beber champán caro y comprar ropa de grandes firmas en retiros invernales lujosos pero también las familias de clase media empezaron a hacer el equipaje los fines de semana para pasar dos días en estaciones más modestas. De Zermatt a San Isidro, de Saint Moritz a Guadarrama, la nieve se convirtió en un negocio para los fabricantes de equipamiento.

El esquiador italiano Michael Mair en los años 80.

A la altura de los años ochenta no todos los hogares podían permitirse una estancia prolongada en una estación de esquí o uno equipamiento completo pero muchas podían acceder, eso sí, a los abrigos asociados a este estilo de vida. De esta manera, en ciudades cercanas a estaciones de esquí alpinas, como Milán, los plumas se convirtieron en un auténtico fenómeno. Allí, sus mayores embajadores fueron los Paninari, jóvenes de clase media alta a los que el diario La Stampa bautizó así porque se reunían en una hamburguesería llamada Al Panino: la primera tribu urbana europea que se distinguía únicamente por llevar prendas “de marca” y devorar hamburguesas. Botas Timberland, vaqueros Levi’s, sudaderas Fiorucci, pero sobre todo el famoso plumas, eran su uniforme.

Un paninaro en la Piazza San Babila de Milán.

Su firma predilecta se llamaba Moncler y la fabricaba uno de los suyos, el ex paninaro y empresario del textil Remo Ruffini. Ruffini, miembro de una familia del entorno del Lago de Como, vio clara la oportunidad de mercado que este producto le ofrecía al negocio familiar: durante la primera parte del siglo XX su especialidad había sido la seda, pero China les había robado esa cuota de mercado y había llegado el momento de abrirse a nuevas posibilidades. Ruffini  ha contado mucho tiempo después que a mediados de los ochenta vendió unos cuarenta mil plumas en todo el mundo. Treinta mil se despacharon en la ciudad de Milán. “Y eso que el plumas no era una prenda precisamente cómoda: al estar diseñada para protegerse de la nieve, se empapaba cuando llovía, pudiendo llegar a pesar hasta diez kilos con el peso del agua. Pero molaba, y había que llevarlo aunque cayeran chuzos de punta”, explica Luis Landeira en Paninaro: una revolución consumista.

Y así fue como el plumífero bajó por primera vez de la montaña a la ciudad.

El furor juvenil por esta prenda acolchada se extendió por toda Europa y a principios de los noventa explotó en España adaptado a las particularidades del país. En Madrid se habían popularizado en los años setenta entre las clases altas las prendas de montaña de Pedro Gómez, cuya tienda de Chamberí, Deportes El Igloo, era un buque insignia para los que podían esquiar: desde los Fernández Ochoa hasta la Familia Real. Los jóvenes de familias adineradas los empezaron a llevar al instituto para evidenciar su éxito social, igual que lo hacían los Paninari, y los que no podían permitirse un Pedro Gómez siempre podía intentarlo con un Verlac, un Roc Neige, un Rox o un Avia (en orden ascendente por gama de precio). El esquí y sus complementos se convirtieron en el símbolo de un perfil socioeconómico muy concreto: el del triunfador. Tanto es así que hasta los humoristas más populares de la televisión en aquel momento, Martes y Trece, hicieron una parodia del arquetipo esquiador medio patrio.

Pero entonces ocurrió algo mágico: la subcultura noventera más alejada de los valores del montañerismo y el deporte, la del bakalao, se apropió de los plumíferos de Pedro Gómez. Y lo hizo a punta de navaja: los bakalas robaban a los pijos sus plumas para lucirlos en discotecas donde hacía todo menos frío, como cuenta Carlos Megía en este reportaje. Hasta cierto punto tiene sentido: la cultura del techno se apropiada de la ropa técnica.

Poco a poco, el preciado plumas pasó de señal de distinción a símbolo de decadencia, no solo porque se lo apropiase una tribu urbana aficionada a las drogas y la vida disoluta, sino porque los deportes relacionados con el frío extremo y la nieve entraron en crisis por una cuestión tan prosaica como el clima: el calentamiento global ha ido haciendo las estaciones de esquí ubicadas por debajo de los mil metros cada vez menos rentables y las ubicadas por encima cada vez más problemáticas.

A principios de los 2000 el plumífero había perdió su brillo cool y regresado durante un rato a sus dominios originales: los montañeros y las tiendas de deportes, donde en realidad nunca había dejado de existir un culto propio a este tipo de prendas y a las firmas que son capaces de elevar su excelencia técnica al máximo (como tampoco dejaron nunca de tener relevancia en la escena musical hip hopera, para la que la ropa deportiva ha sido siempre importante). Sin embargo, aún se tenía que producir un nuevo regreso masivo.

Y ese vino de mano de cuatro fenómenos: la caída en desgracia definitiva de los abrigos de piel, el aterrizaje en las pasarelas de costura de la ropa técnica, las colaboraciones alta-moda/ropa deportiva y la invención de los chalecos ultraligeros. Estos cuatro fenómenos está a su vez relacionados con el auge paulatino del movimiento neoecologista, que defiende el consumo sostenible y el regreso a la naturaleza, liderado, entre otros, por empresarios como Yvon Chouinard o el fallecido Douglas Tompkins, quienes han creado sus emporios fabricando… plumíferos.

Gracias a la caída en desgracia de la piel, hemos ido contemplando a las grandes damas han ido reemplazando poco a poco sus visones por abrigos acolchados de gran empaque. Esto no quiere decir que al plumífero no le acompañe de vez en cuando la polémica sombra del maltrato animal: el plumón con el que se hace su relleno se consigue arrancándoselo a ocas vivas.

Catherine Deneuve en un rodaje en Nueva York.

Gracias a la entrada de la ropa técnica en la costura (fenómenos en el que fue pionera Miuccia Prada) hemos presenciado cómo hasta Balenciaga, sacrosanta casa parisina asaltada por el loco y vanguardista Denma Gvasalia, ha incorporado prendas rellenas de plumón en modo palabra de honor. Este diseñador usa los tejidos acolchados de forma irónica pero la gigante maquinaria de amplificación que son las empresas de moda rápida no entienden de ironía a la hora de hacer reproducciones low-cost. Resultado: en los últimos cinco años los plumas han vuelto al público masivo.

La colección de Moncler en colaboración con Valentino.

Gracias a las colaboraciones, Remo Ruffini ha conseguido darle una nueva vida a sus Moncler a pesar del cambio climático: él ha logrado, por ejemplo, que el director creativo de Valentino, Pier Paolo Piccoli, convierta el tejido acolchado en material de alfombra roja y que para muchas celebrities, sus puffer jackets con cobertura brillante sean un básico invernal. El éxito de su comeback ha sido tal que su firma cotiza en la bolsa de Milán. En la misma onda, este invierno también hemos contemplado a Gucci aliarse con North Face.

Javier Ortega (Vox), Juanma Moreno (PP), Pablo Casado (PP) y Mariano Rajoy con luciendo plumas ligero. FOTO: TWITTER/ GETTY

¿Y los chalecos ultraligeros? Comercializados desde 2004 al gran público por el gigante japonés Uniqlo, fabricante de plumíferos de altísima calidad a precios económicos, consiguieron a lo largo de la pasada década colarse en el vestuario de los geeks de Sillicon Valley y también de los altos ejecutivos de las zonas financieras de todo el mundo, como cuenta maravillosamente en este reportaje Noelia Ramírez. Desde ahí, desde la City, dieron el salto a las calles del barrio de Salamanca y a los miembros más destacados de la derecha española, que buscaban representar el todo (la caza, las reuniones al más alto nivel en cigarrales, los latifundios) con una parte. Pero no solo: los chalecos acolchados han demostrado ser absolutamente transversales en términos de clase, sobre todo ahora que las prendas de abrigo, por primera vez en mucho tiempo, nos hacen falta de verdad.

Congratúlese de que en estas circunstancias climáticas los plumíferos vuelvan a estar de moda (y por tanto los haya de todos los precios) y hágase esta pregunta: ¿es posible que en un planeta que se calienta, haya quienes estén intentando convertir el frío en sí mismo en un símbolo de estatus?



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