domingo, abril 11, 2021
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Cómo Lauryn Hill recuperó el turbante africano para no olvidar el pasado, celebrar sus orígenes y rendir un homenaje a la cultura negra


La colección ready-to-wear para la primavera-verano del año 2000 de Christian Dior bebía de los vientos estéticos insuflados a un mundo global, aún bajo los efectos de la dictadura del minimalismo, por la cultura del rap. John Galliano quería entrar en el siglo XXI –sin abandonar las referencias históricas– rendido a los encantos subversivos contemporáneos. El desfile arrancó con los primeros acordes de Everything Is Everything de Lauryn Hill; “Todo es todo lo que debe ser, será después del invierno, tiene que llegar la primavera. El cambio llega eventualmente”. ¿Canción protesta para abrir el apetito de compra de la burguesía? La maison buscaba ser relevante para una nueva generación que no demandaba algo de bajo coste sino algo diferente. “Alguien tiene que llevar Dior al siglo XXI, aunque esté pateando y gritando”, declaró Galliano cuando la propuesta llegó al punto de venta. La estrategia salió a pedir de boca.

Lauryn Hill había lanzado su primer y único álbum en solitario (el segundo es una versión en concierto del primero) un año antes, el 25 de agosto de 1998, tras abandonar la formación The Fugees que mezclaba hip hop, R&B y reggae. La intérprete definió The Miseducation of Lauryn Hill como el “álbum que narra una pieza íntima de mi joven existencia. Fue la suma de todas mis emociones”. Un trabajo discográfico sincero por el que consiguió cinco premios Grammy (de los 10 a los que optaba) y dos hitos en la industria. The Miseducation of Lauryn Hill se convirtió en el primer trabajo de hip hop en ganar el premio Álbum del año y la de Nueva Jersey en la artista solista en conseguir más Grammys hasta el momento.

El estilo de Lauryn Hill, desde sus inicios en la banda cuando ella aún iba al instituto, fue definido por los medios especializados en moda como caótico. Una mezcla de colores brillantes, complementos excéntricos, mucha tela vaquera y extravagancia descarada. Huía, en definitiva, de la imagen blanca e hipersexualizada que el mundo del espectáculo le exigía. Su ópera prima individual trata sobre lo que significaba ser una mujer negra a finales de los noventa; no estaba dispuesta a traicionarse a sí misma para encajar en los cánones de belleza que los que mueven los hilos demandaban.

Lauryn Hill y sus famosas rastas en 1998. Foto: Getty

La moda que vino después, y que se sustenta en los tabiques de entonces, no se explica sin la influencia del rap. La Hill se convirtió en una de las voces más autorizadas de su generación (nació en East Orange el 26 de mayo de 1975) y en una especie de icono –por lo inusual– de estilo. En el antes citado desfile de Dior las modelos, y el diseñador gibraltareño, peinaron, a lo largo de la pasarela, las mismas rastas hacia el cielo que la cantante estadounidense. Foxy Brown, también rapera negra, se convirtió entonces en imagen de la marca. Galliano olvidó en su propuesta uno de los cubrecabezas más utilizados por la autora de Doop Woop (That Thing): el turbante africano. Tal vez era consciente de que la apropiación cultural también conoce límites o que los homenajes deben acompañarse de apoyo real al que se homenajea. Tenemos que hablar del turbante de Lauryn Hill.

Las mujeres negras empezaron a usar turbante mucho antes de que París lo pusiese de moda en los años cuarenta del siglo pasado. Hay que remontarse a la África subsahariana de la época precolonial donde significaban estatus, informaban del estado civil de quien lo vestía o explicaban el linaje familiar. Las mujeres de Ghana llaman ‘duku’ a sus cubrecabezas, las sudafricanas ‘doek’ y las yoruba en Nigeria ‘geles’. Este tocado, que recibe otros nombres en otras regiones, fue una de las pocas prendas propias con las que los esclavos pudieron llegar a América. En el mismo momento en el que pisaron tierra, el hombre blanco lo convirtió en una herramienta de opresión. Las mujeres africanas fueron obligadas a utilizar el turbante como signo de su sometimiento. Se crearon leyes para prohibir a las mujeres negras y mestizas, esclavas y libertas, mostrar su cabello en público. En varias zonas de América Central, como Surinam, las esclavas crearon un lenguaje secreto con los pliegues de su pañuelo para comunicarse entre ellas. Algunas fueron rapadas para inhibir los deseos sexuales de los colonos. Estas normas, justificadas como medidas higiénicas, tenían como único objeto avergonzar a los negros por su cabello.

The Fugees, en 1993. Foto: Getty

Aún después de abolirse la esclavitud en todo el territorio estadounidense en 1865 muchas afroamericanas, entre ellas la conocida abolicionista y activista por los derechos de la mujer Sojourner Truth, siguieron siendo obligadas a esconder su pelo como símbolo de servidumbre. La sombra de esta legislación es alargada y sus consecuencias llegan hasta nuestros días y hasta la otra punta del mundo. La actriz madrileña de origen marroquí Mina El Hammani confesó, en el número de enero de S Moda, que no iba al instituto sin alisarse el pelo los domingos con la plancha de la ropa. Sólo tiene 27 años. Su paso por la Secundaria se sitúa en el tiempo antes de ayer.

Hoy existe un movimiento de defensa del cabello natural (aunque aún queda mucho camino por recorrer) pero cuando Lauryn Hill comenzó su carrera en 1989 la mayoría de mujeres negras que se dedicaban al mundo del espectáculo llevaba peluca. Mostrar tu cabello original, siendo afroamericana, o cubrirte con el turbante africano, era toda una provocación al orden establecido. Las letras de Hill, que siguen resultando actuales, sirvieron para empoderar a millones de mujeres negras. Su imagen, alejada de los cánones de belleza única impuestos en la época, también. Hill se convirtió en referente inspirador. Un espejo en el que las mujeres negras se podían mirar.

Lauryn Hill y sus cinco premios Grammy. Foto: Getty

Lauryn Hill, como la también cantante de neo soul Eryka Badu, recuperó el turbante africano para no olvidar el pasado, celebrar sus orígenes y rendir un homenaje a la cultura negra. Con su uso, en la cumbre de la popularidad, devolvieron a esta prenda utilizada como símbolo de la esclavitud a su origen ligado al orgullo. Se unieron con esta práctica a una larga lista de rebeldes con causa entre las que se cubrieron la cabeza como poderosa expresión de identidad como la célebre Nina Simone.

Después del rotundo éxito de The Miseducation, Lauryn Hill ha desaparecido y aparecido de los escenarios varias veces. Siempre ha mantenido su postura crítica con la industria de la música y lo que una joven negra representa en ella. En 2018 celebró el vigésimo aniversario del citado álbum debut sin sus compañeros Wylef Jean y Pras Michel de The Fugees. En el teatro Apollo de Harlem (Nueva York) se presentó vestida de Marc Jacobs, conocido además de por su trabajo como diseñador por su lucha a favor de los derechos civiles, y adornada con un turbante africano que lejos de ser accesorio sirve para reforzar el mensaje que grita en sus canciones.

Alicia Keys, Lupita Nyong’o, Amanda Gorman o Paola Mathé han seguido sus pasos activistas. Vestirse es un acto político. En España, la cantante balear de raíces guineanas Concha Buika también reivindica sus orígenes y alerta, también con su turbante, de que no está dispuesta a retroceder un paso. Este pañuelo vincula materialmente a todas las mujeres negras o mestizas del mundo. Ha superado, como ninguna otra prenda, la barrera del espacio-tiempo.

La cantante durante un concierto en 2018. Foto: Getty



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