domingo, abril 11, 2021
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Cómo Maye, la madre de Elon Musk, resurgió de sus cenizas y se convirtió en una modelo de éxito pasados los 60 | Moda


Maye Musk, la madre de Elon Musk, a sus 72 años puede presumir de tener una vida igual de atípica que apasionante. Nacida en la ciudad canadiense de Regina, siendo apenas un bebé su padre quiropráctico, Joshua, y su madre bailarina, Winnifred (más conocida como Wyn), decidieron abandonar Canadá junto a sus hijos e instalarse en Pretoria, Sudáfrica. “Me crie en el seno de una familia que tenía una avioneta y una gran fascinación por explorar el planeta. Mis padres sobrevolaron Canadá, América, África, Europa, Asia y Australia en un diminuto avión con hélices cubierto por una lona, sin GPS ni radio. Ya cuando éramos niños, nos llevaban de viaje al desierto de Kalahari cada invierno en busca de la ciudad perdida”, recuerda en el libro Una Mujer, Un Plan, que este 18 de febrero Roca Editorial edita en español. “Ahora, echando la vista atrás, me doy cuenta del peligro que suponía atravesar el desierto con una brújula, reservas de agua y comida para tres semanas y cinco niños pequeños. Pero mis padres planeaban cada viaje y excursión con todo lujo de detalles, sin dejar nada al azar. El lema de nuestra familia siempre fue: ‘Vive al límite, pero con sensatez’”, escribe en sus páginas.

En Pretoria fue donde precisamente hizo sus primeros pinitos como modelo a los 15 años, ganando el certamen de belleza Val Queen y siendo una de las finalistas de Miss Sudáfrica. Sin embargo, poco después, se matriculó en la universidad para estudiar Nutrición porque ya le habían advertido de que sus días en la siempre volátil industria de la moda llegarían a su fin al cumplir la mayoría de edad. El hecho de que llegara a pesar 93 kilos el día de su graduación fue un duro revés para ella, pero aun con esas no dudó en compaginar su carrera de nutricionista con trabajos esporádicos como modelo de talles grandes. Eso sí, aquellos tiempos felices, repentinamente, se esfumaron cuando un hombre le arrebató gran parte de su juventud.

En el ya citado libro Maye explica que a partir de los 16 mantuvo una relación intermitente con un novio que le fue desleal en varias ocasiones. En ningún momento menciona su nombre, como si quisiera borrarlo de su memoria, pero en realidad se refiere a Errol Musk. Por aquel entonces, con 21 años, ella vivía y trabajaba en Ciudad del Cabo. Pero lo sorprendente del asunto es que, tras un año sin verse ni tener noticias de él, Errol se presentó en la ciudad por sorpresa. “Apareció con un anillo de compromiso. Me juró y perjuró que seguía enamorado de mí y que no volvería a engañarme nunca más. Me prometió que, si aceptaba la propuesta de matrimonio y me casaba con él, cambiaría. Mi respuesta fue un no rotundo y, por lo tanto, no acepté el anillo”, relata.

Con lo que no contaba es que el joven, una vez regresó a Pretoria, tendría la osadía de presentarse en casa de su familia. “Les contó a mis padres que había aceptado casarme con él. Ellos se quedaron bastante sorprendidos porque no sabían que estábamos saliendo juntos. Así que comenzaron a organizar los preparativos de la boda. Me enteré de la noticia a través de un telegrama que decía: ‘¡Enhorabuena! ¡Ni siquiera sabía que estabas prometida!’. No podía creer lo que estaba leyendo. Me quedé de piedra. El telegrama también decía que debía dejar el trabajo, hacer las maletas y volver a casa porque la boda se iba a celebrar en un mes. Quizá a la juventud de hoy en día todo esto le resulte muy extraño, pero no olvidemos que estamos hablando de la Sudáfrica de 1970, donde no podíamos hacer llamadas de teléfono de larga distancia porque costaban un riñón. La tradición mandaba que el pretendiente siempre debía pedir la mano de la novia al padre antes de hincar la rodilla. Así que cuando mi exnovio se presentó en casa y le contó a mi padre que había accedido a casarme con él, no tuvo más remedio que dar su bendición”, narra sobre lo acontecido.

Tan pronto se dieron el “sí, quiero” empezó su pesadilla. Maye no solamente tuvo que renunciar a todas sus aspiraciones laborales y vivir exclusivamente por y para Errol Musk, sino que además fue víctima de malos tratos físicos y psicológicos desde el día uno. “La primera vez que me puso la mano encima fue en nuestra luna de miel en Génova. Me quedé de piedra cuando vi que no se arrepentía y que no iba a dejar de golpearme cada vez que le viniera en gana. Quería marcharme de allí, pero no podía porque él tenía mi pasaporte. Cuando volvimos a Sudáfrica, pensé en reunir a toda la familia, sincerarme con todos ellos y asumir que me había casado con un monstruo. Pero me daba tanta vergüenza admitirlo que al final no me atreví a hacerlo. Semanas después empecé a tener náuseas por las mañanas. Me había quedado embarazada de Elon el segundo día de nuestra luna de miel. Saltaba a la vista que casarme con él había sido un tremendo error, pero sentía que no tenía más alternativa que aceptar mi destino. Fue un marido cruel. Se negó a llevarme al hospital hasta que las contracciones se sucedían cada cinco minutos. ‘Eres una vaga y una pusilánime’, me decía. Llegué al hospital tan tarde que no pudieron administrarme anestesia epidural. La enfermera se acercó a mi marido: ‘Acaríciele la espalda. Le ayudará a sentirse mejor’. ‘¿Perdón? ¿Qué ha dicho? Ella debería acariciarme la espalda a mí, y no al revés. Mira en qué taburete he tenido que sentarme. ¿Sabe qué? Me voy de aquí. Avíseme cuando esté de parto’. Esa era la clase de hombre que era mi esposo”, verbaliza sobre aquella siniestra etapa. La situación, como era de esperar, fue de mal en peor. Después de Elon, vinieron Kimbal y Tosca. Tres partos en tres años y tres semanas fueron la gota que colmaron el vaso.

En 1979, con 31 años, se divorció. Cual ave Fénix, no le quedó otra que empezar de cero. Siendo madre soltera huyó prácticamente con lo puesto a Durban, “donde vivía con mis hijos en un diminuto apartamento. Nos alimentábamos a base de bocadillos de mantequilla de cacahuete. Y casi cada día cenábamos sopa de alubias”. Tras ello tomó la decisión de ir a Bloemfontein para realizar unas prácticas de nutrición y, poco después, se instaló en Johannesburgo para abrir su propia consulta y retomar, aunque fuese esporádicamente, sus trabajitos de modelo. “A pesar de la triple maternidad, nunca dejé de trabajar. Tal vez porque eso era lo que había vivido de pequeña en mi casa”, rememora. A pesar de sus limitaciones económicas, al fin la vida empezaba a sonreírle tímidamente. Aunque los cambios fueron a mejor cuando Elon, con 17 años, tomó un avión para estudiar en Canadá. Tanto ella como el resto de sus hijos siguieron sus pasos. Nunca más volvieron a Sudáfrica, ni siquiera de visita.

Maye Musk en el desfile de Sally LaPointe en la semana de la moda de Nueva York. Foto: Getty

A los 42 aterrizó en el país que la había visto nacer, estrenó una nueva consulta de nutrición y entró a formar parte del equipo docente de la Universidad de Toronto. Pero dado que todos sus hijos terminaron mudándose a Estados Unidos, Maye nuevamente hizo sus maletas para estar más cerca de ellos. Probó suerte en California, pero al cumplir los 50 se empeñó en vivir en Nueva York pensando ingenuamente que no cesarían de lloverle ofertas como modelo. “Hice varias campañas publicitarias importantes y decidí cambiar de agencia creyendo que así iba a aumentar mis posibilidades. Sin embargo, ocurrió justamente lo contrario. Pasé de trabajar varios días al mes a apenas trabajar en absoluto. La agencia no volvió a llamarme en seis meses. Fue un periodo muy doloroso. Empecé a aceptar y asumir que mis días como modelo habían terminado”, recoge en el libro.

Inesperadamente, todo cambió a sus 59 años. Tan pronto decidió dejarse canas y no volver a teñirse, empezaron a lloverle todo tipo de ofertas: “Jamás habría imaginado que dejar mi pelo al natural, es decir, lucir una melena gris, iba a ser el secreto para transformarme en toda una supermodelo. Me subí a una pasarela por primera vez a los 15 y me juraron y perjuraron que mi carrera terminaría a los 18. No esperaba seguir trabajando como modelo tantos años y, por supuesto, nunca se me pasó por la cabeza que a los 71 [cuando escribió Una Mujer, Un Plan] me sentiría en la flor de la vida”.

Maye Musk y su hijo Elon Musk. Foto: Getty

De hecho, recuerda con mucho cariño cuando con 62, emulando la célebre portada de Demi Moore en Vanity Fair, posó como Dios la trajo al mundo para el semanario New York. “No quería hacerlo, pero mi hija me hizo cambiar de opinión. La revista buscaba un retrato natural. No querían disimular mis arrugas ni líneas de expresión; pretendían que aparentara 60 años, en lugar de los 62 que tenía por aquel entonces. Querían ponerme años encima, pero la verdad es que no me importó. Me puse unas braguitas de color visón y unas pezoneras del mismo tono, pero aun así me sentía totalmente desnuda. Trajeron a una mujer embarazada a la sesión de fotos. Tan solo le faltaba una semana para dar a luz. Olvidó advertirles que tenía un tatuaje justo en la parte inferior del vientre, así que tuvieron que retocar la imagen y borrárselo. Nos fotografiaron a las dos y después, con la ayuda de un programa de edición fotográfica, sustituyeron mi barriga por la suya para así crear el efecto del embarazo. La imagen dio la vuelta al mundo. El titular que acompañaba la portada leía: ‘¿Es demasiado mayor para esto? Padres primerizos con más de cincuenta; la última frontera para criar a un hijo’. Fue muy curioso porque meses después, en una sesión de fotos, la gente se quedó boquiabierta al ver que había recuperado la figura tan rápido. Tuve que explicarles que no estaba embarazada”, explica sobre aquel punto de inflexión en su carrera.

Desde entonces, más allá de ganarse a pulso ser una de las nutricionistas más célebres del mundo, Maye no ha parado de trabajar como modelo. A los 67 tuvo la oportunidad de cumplir uno de sus mayores deseos: desfilar en la Semana de la Moda de Nueva York. Y, a los 69, se convirtió en la imagen de la marca de cosméticos CoverGirl. En lo sentimental, aunque ha intentado salir con otros hombres, afirma que “mi perro me ha hecho más feliz que cualquier relación que he tenido”. Asimismo, tal como refleja diariamente en su cuenta de Instagram, no ha sido hasta alcanzar la madurez que, finalmente, todo le va sobre ruedas: “A juzgar por los comentarios que escriben muchos usuarios en redes sociales todo apunta a que a la gente le asusta envejecer. Cuando ven mis publicaciones se sienten mejor, valoran un poco más el futuro que tienen por delante y aprecian las arrugas y líneas de expresión. Uno de los motivos por los que cumplir años no me da ningún miedo es porque cada década que he vivido ha sido mejor que la anterior. Los veinte fueron una época terrible; lo único bueno que me pasó fueron mis tres hijos. Los treinta también fueron para olvidar. A los cuarenta apenas tenía tiempo para nada, tan solo me limité a sobrevivir. A los cincuenta me mudé a Nueva York, fundé mi propia empresa y empecé a tejer mi red social. Cumplí los sesenta y por fin encontré la estabilidad familiar y laboral que tanto anhelaba. Mi familia fue creciendo de forma exponencial y me llovían las ofertas profesionales. Ahora, a los setenta, tengo la agenda más llena que nunca. Jamás lo hubiera imaginado, pero reconozco que me encanta”.





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