domingo, abril 11, 2021
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El cielo en llamas y la Tierra inundada: por qué la moda abraza la estética de los videojuegos apocalípticos | Actualidad, Moda


En una sociedad que parece haber abrazado la distopía sin freno y cuesta abajo, el dilema en la fantasía heroica se ha trasladado a la vida cotidiana. Lo que quizá nadie sospechaba es que el guion de semejante odisea lo iba a firmar la moda. Vestidos como personajes de Fortnite para afrontar la incertidumbre. Uniformados en plan Call of Duty para pelear por un futuro que se intuye entre película de catástrofes y épica de videojuego. Hay una crisis global –no solo sanitaria– ahí afuera que ha trastocado definitivamente el mundo que conocíamos, también a la hora de elegir atuendo, al menos si atendemos a lo que nos están contando creadores del alcance de Demna Gvasalia, Marine Serre, Rick Owens y hasta Kanye Yeezy West, que con sus estilísticos Apocalypsis Wow refieren el miedo y la ansiedad que produce la idea del cuerpo expuesto a la amenaza.

Están locos estos diseñadores. ¿O no? «Quería transmitir una emoción de tristeza», informaba Demna Gvasalia al término del desfile de Balenciaga para este otoño-invierno, con escenografía distópica, el cielo en llamas y la Tierra inundada («La riada como metafórica consecuencia de nuestro estilo de vida»). Ahí estaban ya las chaquetas acorazadas y las botas hasta las ingles para poner distancia, además de básicos de confinamiento tipo abrigos batamanta y conjuntos de boatiné y esquijama. Una colección pergeñada antes de que ‘todo esto pasara’. Al fin y al cabo, la misión del diseñador de moda no ya solo es pulsar el signo de su tiempo, sino preconizar el que vendrá. Véase el salto hacia adelante del creador georgiano que redefinió el lujo de nuestro días con Vetements, que avanza un próximo invierno del descontento –social, político, económico, cultural, vital– aún más delirante.

Imagen de la colección Afterworld: The Age of Tomorrow de Balenciaga. Foto: cortesía de balenciaga

Pensada para un consumidor extremadamente joven cuya existencia ya es casi más virtual que física, la propuesta de Afterworld: The Age of Tomorrow con su estética de avatar plantea una cuestión ineludible: ¿ha perdido la moda definitivamente el norte? ¿Adónde vamos ataviados de tal guisa? «La narrativa de la colección está anclada en pasados mitológicos y futuros imaginados a través de arquetipos atemporales y una imaginería especulativa», explica Gvasalia a propósito de su colección, que bien podrían haber vestido el conspiranoico asalto al Capitolio de hace unas semanas. Lo explica Jane Tynan, directora del máster de Estudios Críticos de la Moda de la londinenses Central Saint Martins: «La estética de la distopía va de la mano con el streetwear y el estilo paramilitar. No es nada nuevo: ya lo observamos con el clima de inestabilidad económico, social y político de los años treinta del pasado siglo».

Los ominosos paralelismos entre aquella década y la que ahora concluye resultan evidentes (piénsese en el auge de la extrema derecha), tanto que no pocas propuestas indumentarias actuales pueden considerarse tan surrealistas como lo fueron las de una Schiaparelli en su momento. Ropas sobradas de talla. Pantalones de chándal, cargo, militares y vaquero de cintura alta. Camisetas y sudaderas de propaganda. Capas y capas de prendas encebolladas por plumíferos de miliciano. Zapatillas deportivas de las que se vendían en los supermercados de los años noventa. He aquí, a grandes rasgos, la imagen más extravagante, pero también excitante proyectada por la industria del vestir en los últimos años. Una postal desde el filo de la miseria y la marginalidad, en realidad, auspiciada por el advenimiento de la era Trump. De repente, aquellos desclasados se alzaron como poderosa fuerza política.

Campaña de primavera-verano 2021 de Prada con Raf Simons. Foto: cortesía de prada

También para la moda, que ha encontrado en ellos un estiloso filón. «Una persona de clase obrera es la última manifestación del otro exótico, la figura del buen salvaje que todavía quedaba por explorar», concede al respecto la antropóloga, periodista y consultora Jana Melkumova-Reynolds. Al menos por parte de esa generación de creadores que han hecho de su propia percepción de clase un genuino motor de cambio: Telfar Clemens, Kerby Jean-Raymond, Martine Rose, Charles Jeffrey, Gosha Rubchinskiy, el mismo Gvasalia… De hecho, su discurso es tan autoconsciente que, más allá de que se compre o no la propuesta estética, éticamente no admite reproche. El problema es que, en el marco del lujo, la brecha que pretendían cerrar se vuelve aún más insalvable.

«El sistema solo permite que se produzcan diferencias comercializables», expone el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en La expulsión de lo distinto (Herder, 2017). Esto es, aceptamos raro y diferente si podemos sacarle rendimiento económico. Una reflexión que también explica por qué de repente el streetwear se ha convertido en moneda de cambio corriente de la moda de altura: «Así ya no hay contra quién dirigir la revolución». Aunque solo sea por su apariencia, la industria se ha ocupado de ficcionar a sus desheredados, por eso le resulta imposible reconocerlos cuando se topa con ellos en la realidad, cuando lo cierto es que el tal look distópico hace mucho que lo practican quienes nunca han tenido más acceso que a la tienda de segunda mano/beneficencia o al Kmart (aquí Carrefour o, ahora, Lidl) de turno. «Hoy, el consumidor también es jugador. Y es un importante consumidor base del lujo, que proyecta mucho de sí mismo en los personajes de videojuegos. Es un mundo paralelo», defiende Gvasalia. Nunca el discurso de la moda había sido tan perverso. Tanto como para traicionar la realidad .



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