domingo, junio 20, 2021
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Cómo es vestir a C. Tangana, Nathy Peluso o Bad Gyal: sus estilistas nos lo cuentan | Actualidad, Moda


Cuando atraviesas un altibajo emocional es recurrente que tu alrededor te anime a cortarte el pelo, a regalarte un masaje, a hacerte las uñas o a ir de compras. Estas tapaderas emocionales suelen funcionar, aunque el efecto solo dure un rato. Sin duda, gran parte del mérito recae en las profesionales que perfoman la experiencia. Te abren la puerta, te atienden con amabilidad, son afables con todas tus demandas y caprichos y están dispuestas a escucharte. Trabajan, literalmente, para sacar la mejor versión de ti. “¡Tienes que potenciar esa melena! – dicen, mientras miras a tu estropajo en el espejo, incrédula – “Tienes unas pestañas larguísimas” o “con ese color de ojos, un ocre te sentaría genial”. Te animan destacando detalles insignificantes de ti misma que desconocías. Te rindes a ellas y a sus consejos dispuesta a ser un poco más feliz. Son personas ajenas pero de trato familiar que durante un tiempo acotado se dedican a prestarte toda su atención. La atmósfera que se genera es parecida a la de un confesionario, una estructura que facilita la conversación privada y el diálogo. La virtud de su trabajo recae en saber empatizar. Su labor es entender tus necesidades y asegurarse de que van a hacerte brillar. Pero ¿quién se encarga de ellas?

Del trabajo de las estilistas sabemos poco. Nuestros referentes suelen situarse en la popular película El Diablo Viste de Prada, una ficción que insiste en evidenciar la crueldad del mundo de la moda y el maltrato que sufren las asistentes. Sin embargo, nos ha configurado el siguiente modelo: una chica con mucho estilo, que anda por las calles con un café latte en un vaso de cartón reciclable y que coge muchos taxis subida a unos Manolos de infarto. Las estilistas no pueden ir en tacones, llevan moño y duermen poco. Una de las bases del sistema en el que vivimos es generar trabajos aspiracionales y muchos de ellos son los creativos. Giulia Mensiteri, doctora de antropología social y etnología, lo recoge en su tesis doctoral Le plus beau métier du monde (El trabajo más hermoso del mundo, 2018), donde explora estas formas de precariedad. Una paradoja que implica a muchos profesionales del sector: personas que se hinchan de champán y caviar en los eventos, entran por la lista VIP de las fiestas y luego sufren por llenar su nevera.

Probablemente mucha gente sueñe con vestir a C. Tangana, escoger los culottes de Nathy Peluso y revestir de lentejuelas a Bad Gyal, ¿pero ser estilista es solo eso? Hablamos con Maria Gasa, Ahida Aguirre, Alex Turrión, Ana Murillas, Carolina Badía, Carolina Galiana, Emmanuel y Helena Contreras, 8 nombres que nos cuentan las luces y las sombras de su profesión.

Maria Gasa se dedicaba al estilismo hasta que un accidente la apartó de ello. «Lo dejé porque mi trabajo, que me encantaba y me daba vida con su adrenalina y el ritmo frenético, casi me deja sin moverme. Estuve implicada en un videoclip durante una semana, sin cobrar, para un grupo de música internacional que cuenta con 100k en Instagram. Sí, sí, gratis. El presupuesto era de 500 euros para vestir a 20 extras y un cantante, que además quería ir en traje (el precio mínimo de estas prendas es de 150 euros). Iba con la moto devolviendo la ropa y un tío se saltó el semáforo. Fractura de tibia y peroné y afectación a la articulación ¿Y sabes qué? El videoclip, finalmente, nunca salió», explica.

Ahida Aguirre se dedica al estilismo desde hace 4 años y ha trabajado para artistas como Paloma Mami o La Mala. Distribuye el trabajo en 5 fases: la preparación de la propuesta, las compras, el fitting (que son las pruebas de vestuario), el rodaje y las devoluciones. Sobre los rodajes, habla de jornadas de más de 13 horas: “A partir de ahí se cuentan como horas extras, si estás cobrando para el trabajo, que esa es otra”. Se asume que los proyectos independientes y los videoclips no suelen pagarse. Ahida también hace referencia a los lookers y los compara con un salvavidas. Se trata de unas taquillas que suele haber en el centro de las ciudades, donde tienen descuento y donde guardan la mercancía: “No puedes cargar todo lo que llevas en los hombros. A veces llueve, vas con bolsas de papel, y tienes que seguir comprando”.

Carolina Galiana se define como estilista y como directora creativa. “Hacemos muchas más cosas: no sólo creamos imágenes para revistas, también para personajes, artistas y publicidades”. Aunque le apasiona generar el universo de una idea y de un diálogo también le preocupa la infravaloración de la profesión: “Detesto que se espere que lo tengamos todo listo para una foto, sin pagarnos el proceso que supone llegar al producto final. Los que trabajamos en la profesión casi siempre es por amor al arte.” Carolina, como muchos estilistas, compagina los videoclips con la publicidad para que le resulte viable económicamente: “Decir que he elegido el camino de la creatividad me parece un engaño. Pocos proyectos de los que haces acaban siendo creativos.”

Detrás de la imagen de C. Tangana está Alex Turrión que le acompaña en todo el proceso artístico. Confiesa que a menudo las cosas se tienen que preparar en tiempo récord y que no es tan fácil conseguir lo que quieres, aunque tengas buenos contactos. “Es una profesión que te exige saber dónde buscar. Tienes que estar atento, todo el rato.” También explica que la mayoría de gente atribuye la dirección creativa a la estrella. “No conciben que hay personas detrás trabajando la idea.” Seguramente, que Bad Bunny se anticipara a 2020 luciendo un pasamontañas guerrillero en sus conciertos y que se pintara las uñas abriendo la controversia no fue solamente cosa suya. Al lado de un “genio” siempre hay alguien trabajando, en un segundo plano».

Una selección de accesorios por parte de Alex Turrión.

Ana Murillas es la estilista de Bad Gyal y se define como “la más pija del underground y la más undeground de los pijos.” Vincula una mala gestión del ego artístico con la exposición: “Más que ego veo inseguridades. Imagínate a ti, con tus paranoias, servida a la opinión pública, siempre. Yo odiaría ser famosa. Al final son humanos, hay que entenderles”.  Ana, que es una figura consagrada en el sector, afirma que las peores experiencias suelen ser con quienes rodean al artista, como los sellos y los managers: “La mayoría de exigencias vienen por su lado.”

Ahida, por su parte, resalta la diferencia entre las expectativas y la realidad de los presupuestos. También hace eco de la presión que se ejerce sobre las mujeres en la esfera pública y añade, con comprensión, que muchas de ellas no quieren enseñar los brazos, piden push ups y las faldas con vuelos.

Alex, en cambio, asegura que la clave está en la confianza y la intimidad. “Con Pucho, al ser amigos desde los 12 años, es más fácil lidiar. Ya sé lo que le gusta”. Por último, Carolina Galiana, que se ha encargado recientemente de vestir a Nathy Peluso, destaca el valor que muchos artistas le están dando a la profesión. “Antes la industria musical se dividía entre lo comercial y lo indie y ahora hay un término medio. En ese espacio se valora nuestra figura. Muestran ganas y orgullo de trabajar con nosotros.”

¿Y cómo se percibe vuestra profesión desde dentro?

 “¿Agradecido por currar? Sí. ¿Agradecido por las condiciones? Regular.” Emmanuel trabaja como estilista en una gran corporación. Hace tiempo decidió que prefería un contrato fijo y estabilidad. “Tal y como soy me costaría gestionar la incertidumbre”.

Helena Conteras, más conocida como Goro Goro, es la estilista de Amaia y de María Escarmiento, entre otros. Aun así, lo compagina con trabajos publicitarios y comerciales. También se pone delante de la cámara como modelo. “Empecé con Amaia hace un tiempo, pero no me da para vivir ni de lejos. Aún no tengo claro si me ha beneficiado con más trabajo.” Le molesta que se priorice una imagen bonita, pero no al trabajador: “A pesar de que consumimos imágenes a diario nadie quiere pagar a quien las produce.” Por otro lado, Ana Murillas asegura que es una carrera de fondo y que para sobrevivir hay que aceptar que no siempre se puede estar en el hype. Subidas, bajadas e inestabilidad.

Carolina Badía lleva más de 20 años en la profesión. Habla de la dificultad de hacerse un hueco y de la perseverancia como mecanismo. “En algún momento he sentido que me querían pisar por todos lados.” Hoy en día viste a Najwa Nimri, pero esencialmente se ha dedicado al vestuario cinematográfico, a las editoriales y a las revistas de moda. Empieza su relato con este recuerdo: “En uno de mis primeros trabajos me dijeron que no tendría un sueldo decente y que iba a trabajar muchísimo, pero que así conseguiría entrar en vestuario.”

Por otro lado, las entrevistadas lamentan ser el último eslabón de los rodajes. “Somos las que más trabajamos y las que menos cobramos.” A menudo, otra de las pautas que rigen los trabajos creativos es que el prestigio y la consagración terminan siendo simbólicos, efímeros y no remunerados. En otras palabras, cuesta hablar de dinero. Badía sostiene que le han intentado pagar muchas veces con reputación, “pero claro, tengo que comer y costear mis recibos.”

Helena lo simplifica así: “Tienes que hacer cosas gratis para hacerte un nombre, entonces parece ser que la creatividad es para gente rica. Me da la sensación de que es una profesión por la que te tienes que sacrificar y a mí el sacrificio en el trabajo me parece una gilipollez.”

Carolina Galiana lo describe de una forma muy gráfica: “Cuando llevas un año durmiendo poco, deslomándote y teniendo contracturas en la espalda empiezas a pedir mejores condiciones. Cuando pides más, te empiezan a decir que no.” La somatización física y el malestar emocional se han generalizado, como respuesta a un año delirante y apoteósico.

“¡Mis amigos me llaman “la hierbas” porque estoy todo el día tomando cosas!”  Cuenta Helena, entre risas y fatiga. Ahida Aguirre retoma el tema de los rodajes y repasa, en voz baja, algunos dolores. “Males cervicales, ciática…” De repente sube el tono. “En un rodaje me tuvieron que pinchar la espalda, ¡pero el día siguiente ya estaba haciendo devoluciones!”. Compara este tipo de jornadas con alcanzar la cima. “Es igual que subir a una montaña. Al principio, después de los rodajes, lloras mucho. Creo que se debe a la adrenalina que consumes.”

Durante el confinamiento, Badía aprovechó para poner en marcha un sindicato dedicado a las estilistas, porque no existía. “Cuando nos encerraron vi que si ya estábamos desprestigiadas sería un derrumbe total.” Su caso es más peliagudo. Lleva 10 años sin beber té, ni Coca-Cola, ni cafeína, por la ansiedad. Comenta que su descaro le ha ayudado a consolidar su trayectoria en numerosas ocasiones, sin embargo mantiene una relación constante de amor y odio con la profesión y reconoce que ha estado de baja durante un tiempo debido a una depresión. El sindicato no funcionó. Galiana se sorprende de que los otros sectores creativos sí que sindicalizen y sospecha que sea por una cuestión de género: “Somos más inseguras y generamos más polémica a la hora de pelear por nuestros derechos.” Por su lado, Badía se angustia y se frustra: “Todo quedó en nada por la superioridad moral. Por la tontería del sector.”

El mundo de la moda genera recelos y rechazo y es cierto que se le atribuye una áurea frívola y soberbia. “La tontería de la moda”. Gente que viste bien y que lleva gafas de sol en la oficina. Sin embargo, más allá de las contradicciones y prejuicios que origina, para muchos es una profesión más, un medio con el que llegar a fin de mes y rellenar el tupper. Helena y Emmanuel lo resumen así: “Hay cosas que nos conflictúan, pero al final estamos todos metidos en la rueda. Cuando éramos más jóvenes nos importaban las movidas de ‘hacer cosas’ pero ahora, con 29 años, nos da igual.” Emmanuel acaba: “Quiero tener dinero para comprarme un billete e ir a ver a mi madre.”

Bad Gyal con estilismo de Ana Murillas.

¿Nos espera un año de vestir en chándal y pijama?

Sobre el futuro (y dadas las circumstancias) los entrevistados prefieren hablar con la boca pequeña. Sin embargo, Alex Turrión hace hincapié en las dinámicas tóxicas de la industria: “Cuando puedo uso marcas de segunda mano y ropa vintage. Desde siempre me ha encantado coleccionar cosas, soy un fanático de los anticuarios.” Y acaba: “La moda se ha convertido en fábricas gigantes, condiciones pésimas, sobreproducción y unos costes por encima de lo que nos podemos permitir. Ese camino ya no es viable.” Ana Murillas, en la misma línea, añade: “Tengo fe en las nuevas generaciones, lo veo en mi hija y en sus amigos. Les gusta pintarse sus propios vaqueros y reaprovechar todo lo que tienen.”

Por su lado, Maria Gasa después del accidente empezó a formarse como arteterapeuta. Hoy en día busca una vida estable que le conecte con su parte más humana (así es como lo describe). “Trato de explotar las emociones a través del lenguaje artístico.”

Hace tiempo que el desapego a los trabajos (de todo tipo) no nos sorprende, forma parte de la nueva normalidad. Una normalidad que, de hecho, ya empieza a estar viciada y atragantada. Pero el entusiasmo compartido y las dinámicas colectivas parece que siguen sosteniéndonos, que nos mantienen vivos. Muchos ya no somos ni esenciales ni presenciales, pero seguimos mandándonos whatsapps entre compañeros con memes sarcásticos, de lo que fuimos y de lo que somos, y storys de hace un tiempo que nos recuerdan aquella ensalada al sol, apoyados en el muro de delante de la oficina, comiendo del mismo tenedor: “¡Mira lo que hacíamos!”. Lo que más echamos de menos no es el trabajo, es trabajar con gente. Carolina Galiana, por ejemplo, señala la satisfacción que siente cuando consigue que los artistas acaben contentos (incluso más que ella, recalca), Helena Contreras agradece las dinámicas de los rodajes y la estimulación de trabajar en equipo y Carolina Badía el compañerismo. Y al fin y al cabo eso es lo que hacen los estilistas. Encienden sus sentidos, configuran tu identidad desde 0, empatizan y tratan de sacar la mejor versión de ti. Y solo por eso deberíamos escucharles más.





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