sábado, abril 10, 2021
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Kara Walker, la artista reivindicada por FKA Twigs y Solange Knowles que pone la raza en el centro de su obra


Kara Walker nació hace 51 años en Stockton, una ciudad multicultural del Valle Central de California. De niña veía a su padre, el artista Larry Walker, trabajar en el garaje de su casa; ella se sentaba a su lado y observaba mientras él pintaba cuadros. Ha contado que hasta los 13 años no se dio cuenta de lo que significaba ser negra. Para ella, ese momento llegó cuando su familia se mudó a Stone Mountain, en el estado sureño de Georgia, donde su padre empezó a trabajar como profesor universitario. «En esa parte del país siempre existe un aura de mitología y un sentimiento palpable de ser sureño. Quiero decir, Lo que el viento se llevó se proyectaba todos los días en el Omni Center de Atlanta…», afirmaba en una entrevista a Time Out en 2014 para mostrar el choque que para su yo adolescente supuso esa mudanza.

El cambio de ambiente, reconoce, marcó su trabajo. En sus inicios, cuando fue a estudiar a la norteña Escuela de Diseño de Rhode Island en 1994, no se atrevía a abordar el asunto de la raza en su obra. Pero comenzó a hacerlo con sus ahora icónicos cut-outs –siluetas de papel aparentemente cándidas pero llenas de denuncia y crítica hacia el comercio de esclavos– y ese tema hoy se ha convertido en su sello, la ha llevado a exponer en los centros de arte más destacados del mundo, a convertirse en un referente de estilo –el Vogue de Anna Wintour la encumbró a esa categoría en 2015 y es una habitual en la lista de invitados de la gala Met– y le ha valido el reconocimiento de figuras como las músicas Solange Knowles y FKA Twigs, quien ha elegido una de sus últimas obras, Fons Americanus, como eje de su último vídeo, Don’t Judge Me.

 

Esa gran fuente de 13 metros de altura ha ocupado durante el último año la Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres. De esta manera, Walker se ha convertido en la primera mujer negra en conseguir el encargo anual para intervenir este espacio de la institución, trabajo en el que la han precedido figuras como Ai Weiwei o Carsten Holler. Con el memorial de la reina Victoria que hay delante del Palacio de Buckingham como inspiración, la artista creó una alegoría con la que buscaba invertir la narrativa de la celebración del concepto de imperio y explorar las historias conectadas de África, América y Europa. «El monumento plantea preguntas incómodas al explorar la historia de violencia hacia la gente negra de África y su diáspora», subrayan en el museo. Ella misma explicó en 2019 en The Guardian por qué decidió crear una fuente: «Hay algo subversivo en incluir agua en tu trabajo cuando eres un artista negro, porque obviamente con ello te estás refiriendo a los conflictos que rodean el tráfico de esclavos trasatlántico».

Kara Walker

Su obra ‘Fons Americanus’, en la Tate Britain, aparece en el nuevo vídeo de FKA Twigs. Foto: Getty

«Mi trabajo siempre ha sido una máquina del tiempo que mira hacia atrás a lo largo de décadas y siglos para llegar a un entendimiento de cuál es mi ‘lugar’ en el momento contemporáneo», dijo la artista en su presentación. Porque aunque ahora se ha convertido en un referente, Walker ha tenido que lidiar con críticas e incomprensión hacia un trabajo que explora las ideas de identidad, sexualidad y violencia a lo largo de su carrera.

Time la incluyó en su lista de los 100 personajes más influyentes en 2007, The New Yorker le encargó la portada en honor de Toni Morrison cuando falleció en 2019, y ahora FKA Twigs reivindica su obra y Solange Knowles acude a sus exposiciones, pero en sus comienzos –cuando solo era una veinteañera que se había convertido en la segunda artista más joven en recibir el prestigioso mecenazgo de la Fundación John D. y Catherine T. MacArthur– se tuvo que enfrentar a muchas críticas. Las siluetas negras que utilizaba fueron vistas como caricaturas ajustadas a los estereotipos blancos, se criticó que su arte estaba hecho precisamente para ese colectivo y la emblemática activista y artista afroamericana Betye Saar afirmó que el trabajo de Walker era «repugnante y negativo, una forma de traición a los esclavos» e inició una campaña en contra de la exhibición de sus obras en espacios públicos.

Kara Walker

En 2014 presentó ‘A Subtlety’, una esfinge monumental, en la Domino Sugar Factory de Brooklyn. Foto: Cordon

Walker salió al paso de polémicas ahondando en su trabajo, que ve una forma de dar la vuelta a las narrativas y cánones establecidos, en la línea de artistas como Kerry James Marshall. «Creo que lo interesante, y quizá un poco la trampa que me tendí a mí misma, es que yo no quería hacer un trabajo sobre la esclavitud, y no lo estaba haciendo. Pero pensé: ‘Lo único que la gente quiere ver de mí es sobre esclavitud, porque, aparentemente, lo único que soy es negra’. Así que me dije: ‘Voy a utilizar todo lo que hago sobre poder y deseo y a utilizar las metáforas de la narrativa de la esclavitud o del romance de esclavos como la vía para hablar de estos temas, porque esto es claramente algo que no va a desaparecer», le dijo a la editora de la revista especializada en asuntos raciales gal-dem Magazine, Charlie Brinkhurst-Cuff, en su entrevista para The Guardian.

Kara Walker

Sus características siluetas inspiraron una colección limitada de la porcelana Bernardaud en 2014. Foto: Cordon

Ese ha sido siempre su objetivo: revisar una historia olvidada y poner protagonistas negros en el centro de sus creaciones. El mural de siluetas An Historical Romance of a Civil War as It Occurred Between the Dusky Thighs of One Young Negress and Her Heart fue su carta de presentación en la escena artística en 1994 y en su ficha del MoMA detallan que «al revivir la técnica del papel recortado del siglo XVIII para criticar las narrativas históricas de la esclavitud y la perpetuación en curso de los estereotipos étnicos Walker transformó ese oficio artesano en una nueva clase de pintura histórica épica». También se ha empeñado en llevar sus obras a espacios con un significado especial: en 2014 sorprendió con A Subtely, una gigantesca esfinge que instaló en la antigua fábrica de azúcar Domino de Brooklyn rodeada de figuras caricaturescas hechas de melaza en la que hablaba una visión del mundo en la que refinar es sinónimo de blanquear, y en 2018 presentó su Katastwóf Karavan en la Trienal de Nueva Orleans para recordar un punto del río Misisipi en el que se llevaba a los esclavos para ponerlos en cuarentena antes de ser vendidos.

Ahora prepara una nueva exposición con bocetos y dibujos que nunca han salido de su estudio para el Kunstmuseum de Basilea, cuya inauguración está prevista para el próximo mes de junio. «En estos trabajos se reconocen los contrastes del claroscuro de Goya, la línea vibrante de James Ensor o el énfasis caricaturesco de Hogarth. Los ecos del arte histórico plantean la cuestión de las influencias de Walker y cómo un artista afroamericano se suma a los conceptos de la historia del arte», señalan en el museo.

Kara Walker

Con su pareja, el fogógrafo Ari Marcopoulos, en la Gala Met de 2018. Foto: Getty





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