domingo, abril 11, 2021
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«No quiero venganza, solo una vida normal y aburrida»


A Chanel Miller (California, 28 años) le torturó haber declarado que había cenado «brócoli y arroz» antes de ir a la fiesta en la que acabaría siendo violada por un completo desconocido. En realidad, lo que había comido aquella noche era quinoa con brócoli. Ese dato tan estúpido para muchos –qué más daría, qué tendrá que ver lo que alguien coma antes de que un depredador te elija como su víctima y te viole en plena calle–, equivocarse al decir que cenó arroz y no quinoa en el juicio contra su agresor, le provocó un estado de ansiedad y parálisis mental. Miller sabía que la quinoa podía haber reducido su tolerancia al alcohol durante aquella noche, y por tanto, podía explicar por qué tenía lagunas del momento de su violación. También intuía que por mucho que hubiese sido ella la que después se despertase amoratada, sin rastro de su ropa interior, con el pelo enmarañado y lleno de pinaza, custodiada por dos policías en una cama de hospital a 40 kilómetros de su casa sin entender nada de lo que le había pasado, a ella también se la estaba juzgando. Que si mostraba enfado al declarar, estaría a la defensiva. Que si tenía un tono plano, sería apática. Si lo hacía demasiado animada, sería sospechosa. Si llorase, una histérica. Si se dejaba llevar por las emociones, transmitiría poca confianza y si era demasiado fría, una insensible. Chanel sabía todo eso. Por eso en su cabeza la quinoa era crucial.

La madrugada del 18 de enero de 2015, Brock Turner violó mediante penetración digital a Chanel Miller, que por aquel entonces tenía 22 años, en una fiesta de una fraternidad de la Universidad Stanford. No se conocían y tampoco habían hablado durante la fiesta, pero Turner se aprovechó de que Chanel había consumido alcohol y estaba prácticamente inconsciente para sacarla fuera de la fraternidad y agredirla tras unos contenedores. Dos estudiantes suecos que paseaban por el campus con sus bicis lo vieron, le increparon su conducta –notaron que Miller no sabía lo que estaba pasando– y Turner huyó corriendo. Fue arrestado y el violador, de familia acomodada y estrella del equipo de natación, pagó una fianza de 150.000 dólares y quedó en libertad. En marzo de 2016 se celebró un juicio en el que el jurado lo declaró culpable de los tres cargos de los que se le acusaba (agresión e intento de violación). La máxima sentencia eran diez años de prisión, pero el juez que presidió el caso, Aaron Persky, un ex estudiante y también ex deportista de Stanford, lo condenó a solo seis meses. Cumplió tres y volvió a su casa, a Ohio. El caso conmocionó a EE UU y levantó una oleada de indignación por exponer las fisuras de la justicia estadounidense ante las agresiones sexuales.

Hasta septiembre de 2019, hasta que decidió desvelar su identidad, enseñar su rostro, decir su nombre real y publicar sus memorias sobre lo sucedido, Chanel Miller había permanecido en el anonimato legal y había sido conocida como “Emily Doe, la superviviente del violador nadador de Stanford. Su alias, una alteración del Jane Doe al que se recurre en las acciones legales cuando se protege la identidad de una mujer, fue un sobrenombre que alcanzó fama global cuando, en junio de 2016, decidió compartir a través de BuzzFeed el texto que ella misma leyó en la vista para sentencia de su violador. En aquellas 28 páginas relataba su trauma psicológico y la indefensión ante una agresión que no podía recordar, también la problemática gestión de las violaciones frente a la justicia. La prensa etiquetaría al poderoso texto de Emily Doe como “La Biblia de lo que les pasa a las víctimas de la agresiones sexuales”. En cuatro días tuvo quince millones de lecturas, 18 diputados leyeron su carta en la Cámara de Representantes de EEUU y miles de mujeres compartieron sus propias agresiones desde sus redes impulsadas por el valor del alegato. Joe Biden, entonces vicepresidente de EEUU, la apoyó por mostrar a las supervivientes “la fuerza que necesitan para luchar”. Hillary Clinton explicaría después en sus memorias (Lo que pasó) que el párrafo final de Emily Doe fue el que inspiró aquella emblemática cita (“A todas las niñas que me estén viendo quiero decirles que nunca duden de su potencial”) que se viralizó en su discurso de derrota para reconocer la victoria de Trump.

Las memorias de Chanel Miller, Tengo un nombre, llegan a España con traducción de Laura Ibañez y editadas por Blackie Books. Una tarde de febrero charlamos vía skype con su autora para analizar por qué su libro es mucho más que una experiencia personal. Esas 400 páginas también son el manifiesto político de una nueva era, un alegato donde se unen los puntos, desde la cultura incel a las asignaturas pendientes post MeToo, de una sociedad que sigue normalizando la cultura de la violación. O como ella misma resume: “Esto no va de una crisis, esto es una auténtica epidemia”.

Chanel Miller, en una imagen de 2020. Foto: Getty

Escribes: «Soy una víctima, pero no solo soy una víctima, no soy la víctima de Brock Turner».  ¿Deberíamos referirnos a usted como superviviente?

No me molesta la palabra víctima. Es interesante porque mientras tú no la pronuncies, tu agresor sí que se apropiará de ella. El mío lo hizo. Decía que la víctima era él. Se autoasignó la pena y el derecho a la empatía, como si él fuese el que realmente había sufrido el daño por lo ocurrido. Lo que me molesta, el miedo que me genera el término en sí, es que cuando una mujer es agredida sexualmente y se introduce así al público, su narrativa, su historia, empezará en la agresión. Y la violación nunca es el inicio de la vida de una persona. Yo tengo muchísimas otras historias que me han moldeado, que me han formado, que dicen quién soy hoy en día. Y todas las demás fueron ensombrecidas por ese acto. Si da miedo ser una víctima es porque nadie quiere vivir confinado en un solo hecho de tu vida. Tampoco con la pena con la que se asocia.

De hecho, tus memorias reivindican el sentido del humor como alegato de sanación, hay fragmentos que provocan carcajadas, pese a la gravedad de lo tratado.

Sería una auténtica lástima si después de que te hayan violado te tengas que sumergir en la seriedad y en esa pena, como si no pudieses bromear con la situación por la gravedad del asunto. No creo que deba ser así. Tampoco quiero que la gente se me acerque y me diga con cara compungida cogiéndome del brazo: “Siento mucho lo que te pasó”, ¿sabes? Quiero que seas capaz de que puedas conectar conmigo como hacías antes. Eso también es importante.

Te rebelas contra el mito de la “víctima ideal». Dices en tu libro: «Se me aplicaba un estándar de pureza que si no cumplía con él, aquello justificaría que Brock me violara».

Es curioso comprobar cómo el abogado defensor, por ejemplo, se empeñó en que admitiese cuántas veces había tenido apagones mentales por el alcohol en mi vida, si había salido mucho de fiesta en la universidad, buscando supuestos motivos para mi agresión. Pero cuando él me lo preguntaba, yo no me sentía avergonzada de decir que por supuesto había ido a fiestas, o que claro que había tenido apagones antes. Me extrañaba ver cómo eso se trataba como si fuese un secreto que necesitase ser expuesto para conocer la auténtica verdad. Creo que la gente prefiere pensar que hay que rellenar ciertas características y cualidades en un formulario ordenado y cuadriculado vital para ganarse el derecho a ser escuchada. Prefiere creer en esa fantasía que admitir lo vulnerables que somos en todo momento. En el libro yo quería dejar esto claro: que mi vida y mis experiencias sexuales y con el alcohol también tenían que exponerse porque eso no es lo problemático. Creo que a muchas supervivientes las hacen sentir culpables, que se avergüencen de sus experiencias pasadas, porque saben que su oponente las utilizará como un ataque. Es un error. Nos debería quedar claro que hay una diferencia abismal entre cometer errores como cualquier otro ser humano que va madurando y herir conscientemente a alguien, infligir daño de forma activa. Yo he podido cometer errores en mi vida, pero no he ido agrediendo a la gente por ahí.

El título del libro es un reclamo poderoso: Tengo un nombre. ¿La sociedad no está preparada para conocer la identidad de las supervivientes?

Esperé cuatro años y medio a decir mi nombre real. Mientras, tuve que cederlo todo: en ese juzgado, todo el mundo, incluidos mis padres y la prensa, vieron mis fotos desnuda tirada en el suelo, mis fotos en el hospital, el interior de mi vagina. Respondí a todo tipo de preguntas sobre mi vida. Me obligaron a ofrecerlo todo, a entregarme, y lo único que quedó para mí eran las letras de mi nombre real.  Eso es sagrado, eso nadie te lo debería quitar.

Pasé muchísimo miedo cuando creía que mi nombre se podía filtrar. Los periodistas sabían cómo me llamaba, pero tenía que confiar en que no lo filtrarían, eso también me llevó a terapia. Cuando estás en esa situación, cuando te sientes en el corazón de la tormenta, esa es una manera horrible de vivir. Sabía que necesitaba esa privacidad para escribir el libro, pero también sabía que no podía vivir toda la vida así, con ese miedo constante a ser expuesta. Así que tuve la fuerza de reclamar mi nombre. Y cuando lo haces, es una experiencia poderosa. Pero esa debe ser una decisión personal, tuya. Tú debes ser la única que la reclame, nadie debe empujarte a ello. Si lo hacen sin tu consentimiento, es violencia.

Chanel Miller es ilustradora. Desde su cuenta de Instagram comparte bocetos y dibujos personales. En el futuro sueña con publicar un libro de ilustración infantil. Foto: Instagram/ @chanel_miller

Pones contexto a por qué Brock Turner, al ser millonario y blanco, tuvo un tratamiento mediático que buscaba empatizar con él. Escribes: “Pongamos que en vez de atleta de Stanford ese mismo crimen lo comete un chaval hispanoamericano de la misma edad que trabaja en la cocina de la fraternidad. ¿Acabaría esta historia de modo distinto? ¿Diría The Washington Post de él que es un futuro cirujano?”

Con mi agresor pasaba esta cosa: él ya estaba en el camino dorado. La agresión, lo que su entorno catalogaba como “incidente desafortunado”, le sacó de él. Pero el sistema se empeñaba en devolverle a su pasado, como si ser un criminal nunca hubiese tenido que consumir su identidad. Su identidad era ese camino dorado. Si eres una persona de color o una minoría serás encasillado más fácilmente como criminal, y no será visto como un simple error en tu vida. La carta que escribió su madre al juez, en mi caso, insistía en una idea: “Míralo, míralo”, escribía. Como si el ser blanco y sus ojos azules le eximieran del hecho de haber cometido un delito. Mientras tanto, yo soy una joven medio asiática medio americana (los padres de Miller, un psicólogo y una escritora, nacieron en China) y la defensa nunca se percató de mi existencia. Nunca me miraron, nunca me mencionaron en sus cartas. Estaba a tres metros de distancia en aquella sala, incluso cuando lloré en aquella habitación, no me miraron. Estaba siendo borrada. Todavía pasa en EEUU. La balanza de la justicia está desequilibrada.

Fuiste perdiendo fe en el sistema, paso a paso, en tu proceso judicial. Dices que «el precio que tiene que pagar una víctima para declarar es sacrificar su cordura».

Cuando alguien critica a una víctima, cuando se cuestiona cómo o cuando han denunciado, a mí me gustaría encararme a todas y cada una de esas personas y espetarles: ‘Dime tú, paso a paso, qué tendría qué haber hecho y en qué orden, y si me dices que tú lo puedes hacer, desglosar todo esto bien, poner orden de forma lógica, entonces escucharé tu opinión”. Por ejemplo, a mí me encontraron inconsciente, vino la policía, se tomaron fotos del lugar de los hechos y como no había kits de violación en el campus de Stanford y en su clínica, me tuvieron que trasladar a un hospital a 40 minutos. Yo tuve suerte y una ambulancia se encargó de hacerlo. Hasta ahí todo bien. Pero, teniendo en cuenta que solo hay 24 horas para que sea válido como prueba, ¿y si no hubiese sido así? Los estudiantes no suelen tener coche mientras estudian en el campus, ¿una persona agredida tiene que llamar a un Uber? ¿Y si no tiene dinero para el trayecto? ¿Debe buscar a una amiga para que le acerque? La gente que suele criticar a las víctimas no tiene esa lógica de logística en su cabeza, partiendo, digamos, solo de este detalle como el kit de violación. Hay muchísimos más.

También defiendes el derecho a la ira y la rabia. En el texto lamentas haber afrontado el juicio intentando exhibir “demasiada dignidad”.

Esa es otra. Puedes perder crédito en el juicio si te muestras enfadada. Tienes que estar bien, íntegra, ser educada. Cuando yo declaré lo parecía, pero me destrocé las manos. Bajo el estrado, clavaba mis uñas en la piel. Esa ira, esa rabia estaba en mi cuerpo, pero no tenía permitido demostrarla. La ira también es importante para la sanación. Yo no era consciente, pero en mi día a día, tenía ataques de furia. Cuando alguien me decía algo que no quería oír o me recordaba el caso, explotaba. Era muy extraño. Como una enfermedad que vivió dentro de mí mucho tiempo, hasta que aprendí a gestionarla. Esa ira puede ser poderosa para las supervivientes. Una especialista me dijo: “Cuando finalmente la sientes, es un signo de que estás en tu territorio, has dormido a la depresión. Ahora esa ira será la que te hará golpear de vuelta”. Es un signo de que estás despertando, de que debes luchar por ti misma. Ahora uso mi ira todo el rato. Quiero decir, mírame, doy entrevistas con compostura, no alzo mi voz, pero la utilizo para seguir hablando. Saber que hay víctimas por todas partes, que hay chavalas de 16 años encerradas en su habitación sin salir, saltándose las clases, dejando de hacer las cosas que amaban por haber sido agredidas. Esa furia es la que me motiva a seguir manteniendo este tipo de conversaciones. 

Chanel Miller ofreció un discurso en los premios ‘Mujeres del Año’ en 2019. Foto: Getty

Analizas con precisión la carta del ‘buen tío’ cuando se habla de agresores. Escribes: “El chico amable que te ayuda con la mudanza y que echa una mano a la gente mayor en la piscina es el mismo que me agredió. Una misma persona puede ser capaz de ambas cosas. La maldad puede esconderse en una buena persona”.

Las agresiones están totalmente normalizadas en la sociedad. Están pasando todo el rato, a todas horas. No me gusta esa idea de que mi asaltante era un buen vecino o había trabajado de salvavidas, que esos factores cancelasen de por sí la posibilidad de que pudiera agredir a gente. Como si mi agresión fuese una anomalía en el sistema. Algo falla cuando la gente dice: ‘Pero, ¿no ves lo unido que está a su madre?’. Yo, como víctima, era una extraña, y se me desacreditó como tal. Lo importante no es si había sido salvavidas en la piscina de su ciudad, lo importante es cómo trató él a una persona que no conocía de nada cuando creía que nadie le estaba mirando, cuando estuvo a solas con esa persona. Es una conversación completamente distinta.

Los comentarios a las noticias sobre tu caso, antes de que tu declaración se hiciese viral y cambiaran las tornas, te llevaron a autocastigarte y a elevar tu sentimiento de culpabilidad.

Me enteré de los datos de mi caso por Internet, en un portal del noticias. No tuve un sistema de apoyo que me diese información o me ayudase, estaba aislada. Así que leía las noticias que se publicaban antes del juicio para dar sentido a la historia, lo que claramente me dio una visión distorsionada de todo. Simplemente era una esponja y lo absorbía todo. Cuando después le conté esa agonía por los comentarios a mi terapeuta me dijo: ¿Cuántos de esos comentarios te los han dicho en persona? Ahí me di cuenta de que aquello era solo ruido. Que no hay coraje ninguno al teclear esos comentarios. Soy un ser humano que está en una batalla, pero yo sí que aparezco, me muestro en el combate. Eso me fortalece, me da más crédito.

Un caso que traza paralelismos con el tuyo en España, por el impacto que ha tenido en el movimiento feminista, es el caso de la víctima de la Manada. ¿Qué le dirías a esa joven? 

Le diría que si siente pequeña frente a todo esto, aunque se sienta totalmente pisoteada y rota en mil pedazos, vulnerable todo el tiempo; ella siempre será mucho más grande que toda esa gente que le hizo daño. Que si sientes que te están probando, si se te quitan las ganas de salir de casa, si quieres esconderte y encerrarte porque no puedes abrir la puerta; piensa que puedes superar a esas fuerzas aterradoras que te acechan. La fuerza de que existas, esa fuerza que tienes para seguir en esta tierra y levantarte cada mañana, está por encima de lo que piense el resto. Es admirable que persistas, date crédito por hacerlo. Puedo entender y todos cada de esos momentos por los que has pasado o estás pasando.

Me gustaría que la gente fuese consciente de que en los medios siempre se construyen estas historias de que la violada clama por una venganza, la víctima triunfadora con las condenas, cuando en realidad, la mayoría de nosotras solo queremos volver a tener una vida normal, aburrida, volver a caminar por la calle o tener una buena comida con tu familia sin que ese hecho se haya convertido en el centro de tu vida, sin tener que vivir aterrorizadas por él todo el tiempo. Tenemos derecho a tener una vida aburrida, como el resto de vosotros. La sociedad debe aprender a que las supervivientes no solo somos aquel incidente, también somos un cúmulo de historias y experiencias. Y esta es la única que se le debería pedir a ella: que siga adelante, que sea lo que quiera ser, que diga lo que quiera decir. Ella era una persona antes de esto y sigue siendo una persona después de esto. La manada no solo le arrebató su cuerpo, quiso convertir esa historia en su vida. Y ellos no lo van a conseguir, porque ella va a seguir con su vida y vivirá otras muchas experiencias. Triunfará, aunque lo haga de forma privada y silenciosa. Estoy convencida de que lo hará.



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