domingo, junio 20, 2021
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Mirar fotos del pasado y escuchar canciones de hace años: ¿es la nostalgia la última consecuencia de la pandemia? | Bienestar


“Tener nostalgia en sí no es malo. Eso es que te han pasado cosas buenas y que las echas de menos. Yo, por ejemplo, no tengo nostalgia de nada porque nunca me ha pasado algo tan bueno como para echarlo de menos. Eso sí que es una putada. ¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado? Porque a mí a veces me pasa. Me pasa que me imagino como van a ser las cosas, los chicos por ejemplo, o con la vida en general. Y luego me da pena de lo bonitas que iban a ser, porque iban a ser preciosas. En serio, preciosas. Y luego cuando lo pienso, me da nostalgia, porque iban a ser tan bonitas…Cuando me doy cuenta de que aún no han pasado y a lo mejor no pasan nunca, me pongo súper triste. Súper triste, tía”,

‘Princesas’, (Fernando León de Aranoa, 2005)

 

Los encierros intermitentes y la ausencia de relaciones sociales, al menos tal y como las conocíamos antes, nos están llevando a echar la vista atrás cada vez con más frecuencia. La nostalgia ha dejado de ser la excusa para poner Lo que pasó pasó de Daddy Yankee mientras haces bicicleta estática un viernes, para pasar a convertirse en el tema de repetición en el que tu amiga y tú caéis, una y otra vez, cuando salís a dar un paseo con mascarilla.

El hastío que define al presente y la incertidumbre que nos hace dudar sobre el futuro está provocando que nos regodeemos en el pasado, en lugar de hablar de todos los planes que haremos cuando todo esto termine. Al igual que le sucedía a Caye, el personaje que interpretaba Candela Peña en ‘Princesas’, quizá nos da miedo pensar en todas las cosas que nos imaginamos haciendo dentro de unos años porque, en el fondo, tememos que a lo mejor no pasen nunca o, al menos, no tan pronto como las necesitamos.

Tengo la sensación de que los mejores años de mi vida ya han pasado. Echo de menos viajar como viajábamos antes porque creo que las cosas van a tardar mucho en volver a ser como eran. Cuando miro imágenes de mi último viaje a Japón me da como un pinchacito en el corazón porque no sé si se va a repetir, y veo lo feliz que era y tampoco sé si eso va a volver. Es todo un poco amargo”, relata Amparo, periodista de 37 años.

Y aunque Amparo reconoce ser una persona melancólica de por sí, la nostalgia ya había llamado a su puerta meses antes de la pandemia y a raíz de una ruptura de pareja, situación que no la ayuda a desvincularse del todo del pasado: “El presente que tenemos tampoco hace que tengamos muchos alicientes en el ahora y eso te lleva irremediablemente al pasado y a decir ‘qué bien estaba y qué poco lo valoraba’”, añade.

A Nuria, guionista de 36 años, le sucede también algo similar. Los meses de confinamiento y de restricciones sociales, desempolvan de forma involuntaria recuerdos que de otra forma no volverían con tanta insistencia a su cabeza: “En mi caso creo que se mezcla la nostalgia con la autoconciencia porque echo en falta aspectos de mi vida que ya estaban desapareciendo antes de la pandemia, como salir de fiesta hasta las tantas de la madrugada. El hecho de que el toque de queda me afecte poco o nada me hace ser más consciente de mi juventud perdida”.

Pero, lejos de bloquearla o alejarla del momento presente, a Nuria la nostalgia le está resultando útil de alguna forma: “Me recuerda la importancia del paso del tiempo. Me doy cuenta de que 20 años han pasado en un suspiro y me anima a ponerme las pilas para que dentro de otros veinte, mi yo del futuro pueda decirme ‘lo hiciste bien’ y añade “Aunque la juventud o el culo en su sitio no volverán, lo que jamás echaré de menos es el miedo y el síndrome de impostora. Los años te dan aplomo y seguridad y, puestos a elegir, me quedo con mis arrugas y lo que sé ahora”.

Las redes no ayudan a salir de la espiral

Si has sido una persona medianamente activa en redes sociales durante la última década, internet tiene la capacidad de recordarte qué hacías y dónde estabas por estas mismas fechas hace ocho, nueve o diez años. Y a no ser que tú misma les ordenes que dejen de meter el dedo en la llaga porque no está precisamente el horno para bollos, Facebook, Instagram o Google Fotos están ahí esperando a que, en un momento de debilidad, compartas aquella foto del viaje de fin de curso que llevan intentando mostrarte desde hace 14 notificaciones push.

“Creo que la nostalgia es un lujo que no debemos permitirnos por salud mental, pero a la vez es muy difícil huir de ella. Porque aunque no intentes recrearte en esas emociones, tu entorno cercano también hurga en el pasado y te comparte imágenes que tú misma tenías olvidadas”, opina Nuria.

“Hace tiempo que desactivé de mis redes sociales este tipo de recordatorios porque la verdad que no nos hacen ningún favor a los nostálgicos. Si quiero revisitar el viaje que hice hace tres años, ya lo haré por mí misma. No necesito que venga Instagram a metérmelo con calzador”, apunta Amparo.

Por el contrario, Sheila, Técnico de Recursos Humanos de 31 años, reconoce que desde que empezó la pandemia utiliza la nostalgia como un recurso para levantarse el ánimo y sentirse mejor: “Estoy abonada a las listas milennials de Spotify. Me motiva mucho escuchar las canciones que bailábamos cuando éramos más jóvenes porque me transportan a las primeras veces que salíamos de fiesta”, señala.

“Eso sí. Cuando me da por recordar cómo era la vida previa a la pandemia, me doy cuenta de todas las cosas que han desaparecido. Veo vídeos y me acuerdo de que antes lo normal era evadirse de la semana saliendo de fiesta o tomando unas cervezas con amigas. Y eso ya no está”, lamenta.

Pero si las personas de veintitantos en adelante sentimos nostalgia de las fiestas, los conciertos y los viajes que hemos dejado de hacer ¿qué sucede con toda esa gente joven que acaba de empezar a la universidad y que ni siquiera puede salir y mezclarse con total libertad? ¿Siente la generación Z nostalgia por todas las cosas que querían vivir y que ahora no pueden? ¿Se puede sentir realmente nostalgia de las cosas que no han pasado, tal y como le sucedía a Caye de Princesas?

“Para mí es como si la juventud estuviese en entredicho desde que empezó la pandemia. Tengo 20 años y no puedo relacionarme con prácticamente nadie ni conocer a gente nueva, cuando al final, es esa libertad la que esperamos disfrutar cuando cumplimos la mayoría de edad. Lo que quieres es poder hacer todas esas cosas que has visto en tus primos y hermanas mayores y que ahora para ti están vetadas”, concluye Juan, estudiante del F.P de Iluminación y Tratamiento de la Imagen y añade que, a pesar de la mala prensa que acumula su generación a lo largo de esta pandemia, “no todos nos saltamos las restricciones a la torera”.

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