domingo, abril 11, 2021
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¿Qué pasa con las mujeres que hablan rápido y «como una metralleta»? | Feminismo


«Los ricos y los hombres habláis lento. Tú hablas lento. Porque vosotros tenéis vuestro espacio, porque vosotros estáis acostumbrados a que os escuchen. En cambio, las que somos pobres, las mujeres, los maricones, los desgraciaditos del planeta tierra, nosotros tenemos que ir rápido a decir las cosas porque a lo mejor no hay espacio. Nos lo tenemos que hacer con rapidez y hay que hablar como una metralleta porque si no, no lo colocas».

Marc Giró, La Fábrica, 2021

Hace unos días se convirtió en viral un clip de Marc Giró en el programa de entrevistas La Fábrica. Allí, el historiador, periodista y conductor de Vostè primer en Rac1, daba sus razones frente a su vertiginosa cadencia vocal y respondía elocuentemente a la pregunta «¿Por qué hablar rápido es de pobre?». «Hay que hablar como una metralleta porque si no, no lo colocas», recordó Giró, hablando en plata sobre el privilegio del poder en el acceso a la palabra, abriendo los ojos a un Rufián que asumió que lo suyo de espatarrarse en el sillón de su programa y lo de hablar lento cada vez que toma la palabra en el Congreso le venía de serie por aquello de ser muy cis y muy hetero. ¿Hablar rápido es de pobres? Que se lo pregunten a Cassius Green, el protagonista afroamericano de la delirante y recomendable película Perdona que te moleste (2018), que tiene que abandonar su tono, cadencia y entonación para aferrarse a la «voz blanca» (white voice) en sus ventas por teléfono, y así sonar/parecer más fiable para su interlocutor, una estrategia que le permitirá escalar posiciones en la industria del telemarketing y poder forrarse en un sistema podrido.

Si trazamos paralelismos lógicos y causales con la realidad interseccional del feminismo, no todas las mujeres sienten esa urgencia de hablar como una metralleta. Tomemos como ejemplo uno de los últimos trending topics de Macarena Olona, secretaria general de Vox. La portavoz, que ahora ya no alza la voz y ha suavizado su discurso como ha hecho Pablo Iglesias desde Podemos, rebajó todos los agudos de su entonación y se tomó con bastante calma un alegato televisivo en el que defendía reclamar el Nobel de la Paz para Donald Trump tras el asalto al Capitolio. Lo hizo tranquila, sonriendo con dulzura mientras pronunciaba la palabra «ma-ni-pu-la-ción«, como si nos cantase una nana-ASMR en una clara disociación entre el qué y el cómo de su mensaje.

¿Qué pasa con las mujeres que no cogen aire para colocar su discurso raudas y veloces? ¿Por qué lo hacen? Deborah Cameron, una de las principales sociolingüistas de Gran Bretaña, ha puesto el foco en precisamente esto en sus investigaciónes académicas. En el concepto de dominio conversacional y cómo se relaciona lenguaje, género y sexualidad. Cameron, que cree que deberíamos criticar menos cómo hablan las mujeres y poner más atención a por qué estructuralmente se les ha negado el acceso a la palabra –teoría que también apoya la historiadora Mary Beard–, probó que los hombres poderosos intervienen con más frecuencia en conversaciones de género mixto, a menos que el tema sea uno en el que se presume la experiencia femenina (relaciones o bebés, por ejemplo). Cameron analizó por qué en situaciones formales o públicas (reuniones empresariales, debates políticos, entrevistas televisivas), los hombres casi siempre hablan más que las mujeres. Y eso también es una cuestión de estatus, asegura: cuanto más arriba en el poder, más tiempo y espacio para la palabra masculina. En un mundo en el que las jerarquías siguen siendo eminentemente masculinas, tiene lógica que en esta concepción sean sus voces las que resuenan más fuerte y con más regularidad.

«La vida es corta, habla rápido»

No sorprende que en el floreciente marketing de la identificación femenina que celebra a las mujeres difíciles, ese que tanto ha explotado en la última década y que recurre al copy facilón atrapalikes de Instagram pidiéndote que seas Una Winona en un mundo hecho para las Gwyneths, también se haya popularizado el guiño de La vida es corta, habla rápido (Life’s short, talk fast) en el nivel beta de captación de fans avanzadas de Las chicas Gilmore, la serie en la que se hablaba tan tan rápido y tan tan bien que hasta internet dudó de que la hubiese creado una mujer.

Cuando Las Chicas Gilmore se estrenó el 5 de octubre del año 2000 en la televisión estadounidense triunfaban dramas con hombres muy oscuros y muy torturados. Antihéroes machacados por una espiral de violencia como se veía en Los Soprano y que abrirían el camino a señores listos para recrearse en sus bajonas frente a su maldad latente como en Dexter o Breaking Bad. En la América que abrazaría a George Bush Jr como presidente de EEUU, plantear una serie sobre una ciudad idílica en la que las mujeres eran empresarias de éxito, independientes y con capacidades por descontado hubiese sonado a marcianada para muchos, pero no para Susanne Daniels. La directiva del canal WB de Warner Brothers había seguido de cerca los guiones de Amy Sherman- Palladino para Roseanne y tenía clara la idea de crear el personaje de una adolescente inteligente y compleja, una que no estuviese sexualizada en exceso ni obsesionada con los chicos. Así que le propuso que escribiese un drama de una hora de duración basado en ese personaje y ahí nació Rory, tal y como la recuerda la propia Palladino a la cronista Joy Press en Dueñas del Show (Alpha Decay, 2018), con aquella lectora voraz de mujeres que colgaría pósteres pro aborto o de Jane Eyre en su habitación, la adolescente que soñaba abrazada con Madeleine Albright o con la profesionalidad de Christiane Amanpour, también nació Stars Hollow: «el pueblo en el que presidente era Al Gore».

Frente a los convulsos inicios de los 2000, Las chicas Gilmore era un bálsamo de amabilidad y de tolerancia en tramas de ritmo pausado… y conversaciones vertiginosas. La historia partía de la amistad de una madre soltera de 32 años, Lorelai, con su hija de 16, Rory. Lorelai, hija única a su vez, había decidido huir de la mansión familiar y desentenderse de su fortuna para a criar en soledad a Rory en un pueblo encantador típico de Nueva Inglaterra. Una simpática comunidad pintoresca, con trovadores modernos y reuniones de vecinos cada jueves, pero no estrecha de mente. Adictas al café, a la comfort food y a la cultura pop, Rory y Lorelai –así como el resto de personajes de la serie– hablaban rapidísimo; tanto, que la cadena al ver la duración de los diálogos del guion del piloto pidió acortarlos, pero el furioso ritmo que los personajes imponían hizo que todo quedase 15 minutos más corto del tiempo previsto.

Las mujeres de Stars Hollow se ganan la vida por sí mismas, regentan hoteles, academias de baile, restaurantes y tiendas de antigüedades y hablan tan aceleradas que hasta son capaces de hacerse metaguiños a su ritmo endiablado. Escenas de hasta 10 páginas se rodaban en solo una toma, caminando y hablando. Como cuando Paris le echa en cara a Rory que hable demasiado lento, a 135 palabras por minuto, cuando ella lo hace a 178 y le espeta: «Lo haces bien para ser un telonero de Willie Nelson, pero no para ganar un debate».

Para Sherman-Palladino, que se crio fascinada por el tono endiablado del personaje anciano de Mel Brooks y con el deseo de formar parte de la tradición cultural judía, hablar rápido es sinónimo de inteligencia, disfrute y buenas risas. Como si se escuchase una canción buenísima. «Es mi manera de escribir, me gusta el palique. Ni el mejor Woody Allen lo haría tan bien. Esas personas se quitan la palabra de la boca. La comedia funciona mejor si va rápida, ni más ni menos. Si aceleramos algo, inmediatamente se vuelve más divertido», cuenta en Dueñas del show. Esos diálogos de ritmo galopante agotaban a sus intérpretes. Para Lauren Graham (Lorelai), fanática de Katharine Hepburn, era más fácil, pero al principio tenía que colocar a Alexis Bledel (Rory) mientras caminaban porque esta no se acostumbraba a los trávelin de la cámara y sus parlamentos, lo que consiguió un efecto rebote que daba más sensación de intimidad entre ellas hacia el espectador.

Esos intercambios de opiniones épicos marca de la casa también dieron pie a bulos muy significativos. Las chicas Gilmore coincidió temporalmente con la emisión de El ala Oeste de la Casa Blanca, otra serie que hizo del walk and talk su sello de calidad y curiosamente, la única que con el paso de los años ha permanecido como epítome en el arte del diálogo vertiginoso para la crítica televisiva, como si Aaron Sorkin se hubiese inventado una fórmula solo brillante para él. La emisión simultánea de estas dos series en las que se hablaba rápido hizo dudar a los críticos de que una mujer fuese la responsable de tal ejercicio meteórico de la dicción. Un artículo falso atribuido a Associated Press se publicó en internet y afirmaba que Sorkin «se había revelado como la voz principal» de Las Chicas Gilmore y que «Amy Sherman-Palladino era el pseudónimo de un conjunto de guionistas formado por Sorlkin, Patrick Caddell, guionista también de El ala oeste de la Casa Blanca y Kevin Falls, exguionista de Sports Night«. Una vez más –qué sorpresa–, la autoría femenina puesta en duda. ¡Cómo iba a escribir eso una mujer! La propia Sherman-Palladino, que ha acabado erigiéndose como una showrunner de éxito con La maravillosa señora Maisel, aclararía el bulo en 2001, en una conferencia de prensa: «Lo gracioso del rumor es que ni siquiera se decía que yo era una tapadera. Yo simplemente no existía. O sea, toda mi existencia borrada».

De Hepburn a Vicky Pollard: ¿qué clase de mujer-metralleta eres?

Entre los años 30 y 40, hubo una era en el cine en el que reinaban las fast talking dames, o dícese de toda una generación de mujeres con peinados impecables, pantalones de pata de elefante y mirada altiva que hablaban como si les hubiese robado el aliento el mismísimo diablo. Mujeres sin miedo a responder a la autoridad masculina y con un estilo impoluto, mujeres-fantasía de directores masculinos, mujeres que en la cabeza de sus creadores ‘no eran como las demás’. Mujeres curtidas por la Gran Depresión, con un discurso descaradísimo, autosuficientes y siempre con la última palabra en su boca. Eran rápidas, ágiles, elegantes, felices. Hablamos de Katharine Hepburn, de Irene Dunne, de Rosalind Russel y de Barbara Stanwyck. De películas como Luna Nueva (1940), de La fiera de mi niña (1938), La pícara puritana (1937) o Las tres noches de Eva (1941).

«Cuando el cine encontró su voz humana, simultáneamente, se dio a la mujer estadounidense, como intérprete y heroína, la oportunidad de decir lo que pensaba», cuenta Maria DiBattista en Fast Talking Dames, su ensayo sobre una cuadrilla de mujeres metralleta irrepetibles en el cine. Este impasse del mudo al sonoro, según la catedrática de Princeton, les ofreció la oportunidad «de tener una voz real, ardiente, sólo una presunción, en su propio destino. Era una posibilidad que se les había negado a las mujeres de la pantalla muda».

Aquellas mujeres se resistían a los roles de género tradicionales e insistían en autogobernarse adquiriendo el poder de la palabra en la pantalla. La mítica crítica de cine Molly Haskell afirmaría, de hecho, que fue la única etapa de la historia del cine en el que se celebraba el discurso de las mujeres engreídas y que nunca más se les permitió hablar con tanta inteligencia ni tanta insistencia como en aquella época. «Con sus respuestas ágiles y coloquialismos vívidos, estas habladoras rápidas eran musas verbales en un momento en que los estadounidenses estaban reinventando tanto el lenguaje como las instituciones políticas de la cultura democrática. Mientras enseñaban a sus lacónicos homólogos masculinos (sobre todo a los atractivos pero tartamudos iconos estadounidenses, Gary Cooper, Henry Fonda y James Stewart) el poder y los placeres del habla, también reinventaron la relación entre los dos sexos», definiría.

Si fue la única etapa en las que  se permitía admirar a esas mujeres-metralleta fue por algo. Nunca más se ha celebrado con tanto respeto y admiración a la mujer que habla de forma atropellada. Hoy en día, los referentes de mujeres aceleradas han caído en arquetipos de mujeres que incordian, molestan o, directamente, son arrabaleras. La intersección de clase y género de la mano (en EEUU, además, también se prodiga una versión estereotipada bajo el cliché de la angry black woman, la mujer negra enfadada).

¿Quién se atrevería a frenar a Vicky Pollard? El chiste poligonero de Little Britain, la joven de chándal y coleta que hasta parodió la mismísima Kate Moss, tenía la capacidad pulmonar como para explicarte una historia y tres subtramas en 15 segundos bajo aquel recurrente ‘Yeah but no but yeah’, pero esa audacia, hoy en día, ya no es ningún logro que enmudezca a los galanes. Es un incordio o, algo muchísmo peor: el meme y chiste viral del día.

«¿Por qué si estoy diciendo algo inteligente, todo lo que escucha mi oyente es cómo lo digo? ¿Qué problema hay ahí?», se preguntaba hace unos años la periodista Ann Friedman, francamente cansada de ver cómo se cuestiona el habla de las mujeres, su tono y velocidad, continuamente.

«Toda la discusión se centra en lo que creemos que escuchamos», contó a Friedman la lingüista feminista Robin Lakoff, autora de The Language War (La guerra del lenguaje), y añadió: «Con los hombres, escuchamos lo que están diciendo, su punto de vista, sus afirmaciones; lo que todos queremos que hagan los demás cuando hablamos. Con las mujeres, tendemos a escuchar cómo hablan, las palabras que usan, lo que enfatizan, si sonríen o no al decirlo».

Socialmente, no existe el mismo baremo. Ahí están todas esas mujeres que piden perdón con demasiada frecuencia por expresar sus pensamientos o que menosprecian su valía de antemano en conversaciones («No soy una experta en esto pero…»). Personas que han aprendido a aferrarse a muletillas de validación para que su discurso, el que le dejan, no sea percibido como una amenaza o una provocación. De ahí lo de ir como metralletas. Aprovechar la oportunidad de hacerse oír en un mundo en el que los hombres se seguirán tomando su tiempo, encantados de escucharse, para no dejar de explicarte las cosas.

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