domingo, abril 11, 2021
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«La pandemia nos ha demostrado la importancia de los pequeños gestos»


El último libro de Delphine de Vigan debería llevar una advertencia para los lectores de 2021. Las gratitudes (Anagrama) ya encogía el corazón cuando se publicó en Francia, en 2019, y eso que entonces lo de la pandemia era algo asociado solo a películas de terror. Dos años después, y cuando aún no remite el coronavirus que se ha cebado especialmente con los más mayores, el corazón se arruga irremediablemente mientras se avanza en la historia de Michka, una anciana que ingresa en una residencia donde se va apagando poco a poco, a medida que avanza su afasia y va olvidando su mayor tesoro, las palabras. Con todo, De Vigan (Boulogne-Billancourt, 54 años), asegura que hay una nota positiva en una novela con la que ha querido continuar la exploración de aspectos del «alma humana» que comenzó en Las lealtades, con la que Las gratitudes, dice, forma un díptico, aunque se puedan leer de manera independiente.

Escribió Las gratitudes cuando nadie imaginaba lo que se venía encima. ¿Siente ahora de manera diferente este libro? ¿Habría cambiado algo?
No necesariamente. Incluso antes de la pandemia me di cuenta de que el libro suscitaba reacciones muy emocionales porque, en el fondo, la cuestión de la edad, de los ancianos que están en esas instituciones, esa manera que tenemos hoy en día de descartar a los mayores para protegerlos, pero también porque ya no consiguen ir a la velocidad a la que va nuestra sociedad, es algo que debemos cuestionarnos como sociedad. La pandemia solo pone en evidencia algo que ya sabíamos.

«Cuando me imagino vieja (…) lo que me resulta más insoportable es la idea de que ya nadie me toque», dice uno de sus personajes. Por la covid, eso es algo que muchos han sufrido sin tener que esperar a envejecer. ¿Hemos aprendido algo?
Es cierto que la pandemia nos ha abierto los ojos ante la soledad en las residencias, que es terrible. Ha pasado en España, en todas partes, personas mayores que han muerto sin haber podido volver a ver a los suyos, sin que nadie les pudiera coger la mano, estar con ellos… Eso nos muestra la crueldad de esta situación. Hay que tener esperanza en que quizá seamos algo más cuidadosos en el futuro, cuando podamos abrazarnos de nuevo. Este momento nos ha demostrado la importancia de todos esos pequeños gestos, los besos del saludo, acariciar una mejilla, tomarle la mano a alguien.

¿Qué le atrae tanto del agradecimiento?
No sé cuántas veces al día decimos gracias, pero ¿es una convención social o sabemos realmente agradecer a la gente que tiene un papel importante en nuestra vida? No es tan sencillo, porque dar las gracias es aceptar la idea de que somos vulnerables, que tenemos necesidad del otro, y eso no es fácil. Además, emocionalmente, a menudo tenemos miedo de pasarnos, de manifestar nuestra gratitud de manera demasiado efusiva.

Delphine de Vigan

‘Las gratitudes’ (Anagrama) es la nueva novela de De Vigan.

¿Esconde la pandemia una nueva novela suya?
Es demasiado pronto aún, necesito algo de distancia con lo que escribo. Por el momento, no tengo ganas de escribir sobre esto. Pero el libro que he terminado [Les enfants son rois, que en Francia publica en marzo con nueva editorial, Gallimard], que habla de internet y las redes sociales, del mundo YouTube, va a tener una resonancia particular porque la gente viene de un año en el que ha usado más lo digital.

En su libro Nada se opone a la noche hablaba ya de un tema que en Francia está provocando un terremoto social y político a raíz de otro libro, La familia grande, de Camille Kouchner: los abusos sexuales contra menores en el seno de la familia. ¿Le ha sorprendido esta respuesta?
El incesto es el mayor tabú de nuestra sociedad y vemos hasta qué punto sigue habiendo un discurso refractario (…) es algo que no queríamos ver ni escuchar y que siempre hemos intentado esconder bajo la alfombra. Yo lo viví con Nada se opone a la noche, ahí el tema del incesto es muy importante, estoy convencida de que la enfermedad de mi madre estaba directamente ligada a esa cuestión y lo cuento, pero en las críticas rara vez fue destacado. El libro de Camille Kouchner tiene un eco importante porque trata de gente muy conocida. Si gracias a esa notoriedad por fin se empieza a hablar del tema, pues muy bien. A través de ese libro, otras mujeres, de otros entornos, porque el incesto se da en todos los entornos y clases, pueden decirse que tienen el derecho de hablar y de denunciar. Estoy segura de que, como el de Vanessa Springora [El consentimiento] hace un año, este libro, todos esos libros, nos muestran el poder de la literatura para denunciar situaciones y, en un momento dado, gracias a que una historia nos afecta especialmente, darnos cuenta de las cosas.

¿Qué falta aún en Francia para que se libere de verdad la palabra de las mujeres?
Tenemos un sistema que todavía es muy arcaico en ciertos aspectos. Lo hemos visto en la cuestión de los feminicidios, donde España va muy por delante en materia de brazaletes electrónicos, protección… Hemos tardado muchísimo, y no está logrado, en proteger a las mujeres en peligro, vemos hasta qué punto su palabra, y la de los niños, no es escuchada. Algunas van una y otra vez a denunciar malos tratos y luego nos sorprendemos cuando aparecen muertas. Todavía hay mucho por hacer.



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