domingo, abril 11, 2021
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Lo que la chaqueta de ochos de Nevenka y su cara lavada dicen sobre la representación de la dignidad femenina | Feminismo


Nevenka Fernández acudió a la rueda de prensa donde iba anunciar que era víctima de acoso sexual con una minifalda “hasta aquí”. Así la recordaban algunos testigos, como relata Juan José Millás en el documental Nevenka, porque estaban condicionados a pensar en ella así. “Como una especie de Mata Hari y no como una cría de 24 años”, en palabras del escritor.

Durante aquella rueda de prensa en el hotel Temple explicó que su jefe, el alcalde, la estaba torturando en vida y no aceptaba el final de su relación. Ese día no se presentó con minifalda, sino con una rebeca larga de punto grueso de color marrón con ochos y una cara que reflejaba todo su sufrimiento y los diez kilos que había perdido mientras duró el acoso del alcalde. En la serie, todos los que la conocían, incluida la jefa de la oposición en el ayuntamiento de Ponferrada, Charo Velasco, mencionan en más de una ocasión el cambio físico que experimentó la concejala debido a su cuadro clínico de ansiedad y depresión.

Posteriormente, la exconcejala fue los 15 días que duró el juicio en el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León, en Burgos, vestida casi siempre con pantalón, a veces con alguna prenda de punto, con el pelo corto sujetado detrás de las orejas y sin maquillar, con un aspecto similar al que tenía cuando la conoció toda la opinión pública española.

¿Qué hubiera ocurrido si Fernández se hubiera seguido vistiendo como lo hacía antes de sufrir el acoso por parte de Ismael Álvarez? Esa es una de las revelaciones del documental, ver algunas imágenes, escasas, de la concejala cuando entró al Ayuntamiento, recién fichada por el PP, con una presentación pública muy distinta a la que tendría después, cuando se hizo famosa a su pesar. Con vestidos ajustados sin mangas y el maquillaje típico de la época, con labios perfilados y sombra de ojos. Es de esperar que la reacción a su caso hubiera sido aún más virulenta. ¿Qué hubiera dicho el fiscal que tuvo que ser apartado del caso, el famoso José Luis García Ancos? Su actuación en ese caso ha quedado grabada en la memoria por esa frase que es una doble pirueta en el aire de clasismo y machismo, aquella en la que le pregunta a la exconcejala por qué se dejó tocar el culo, no siendo ella una cajera de Hipercor. Pero no fue su única salida de tono. En una entrevista radiofónica que concedió habiendo sido ya apartado del caso dijo que de uno de los testimonios del juicio “se desprendía que se quiso decir que Nevenka, siendo una colegiala, era una putilla”.

¿Qué no hubiera escrito la prensa sobre su caso si ella no se hubiera ajustado al aspecto que se espera que tenga una víctima? El día antes de que estallara el caso, el periodista local J.F. Pérez Chencho ya anticipó en El Diario de León que un “bombazo” iba a caer sobre la ciudad. “La protagonista de la más que probable rueda de prensa de mañana es joven, hermosa y maneja con más habilidad los números que las relaciones humanas y políticas”, dijo. La periodista Ana María Ortiz destacó en su crónica de El Mundo que Fernández hizo la comparecencia “con la cara lavada, demacrada, el gesto tenso y la voz quebrada por el llanto (casi irreconocible para los vecinos de Ponferrada que siempre han visto en ella un calco de la modelo Mar Flores)”.

En Tengo un nombre, el libro que Chanel Miller acaba de publicar en Blackie Books articulando todo lo que pasó en su vida cuando quisieron reducirla a “la víctima de la violación de Brock Turner”, un estudiante de familia acomodada de la universidad de Stanford, la autora habla también de cómo ella y otra chica que había sufrido una agresión sexual buscaron en Google “ropa de mujer para ir a un juicio”. Las respuestas arrojaban fotos de mujeres con faldas lápiz y zapatos de tacón. Su abogada le recomendó “algo cómodo, decoroso”. Así que pasó por el curioso trago de ir de compras para presentarse como una mujer joven digna de credibilidad. Tuvo ánimo para bromear con su hermana en el probador, poniéndose unos pantalones pirata con brillantitos incrustaos, una visera y una camiseta que decía “BLESSED”. Sabiendo perfectamente que ese no es el look que se espera de una mujer traumatizada. “Cuando dieron el aviso por los altavoces de que la tienda cerraría en breve, abandonamos nuestro juego y sucumbimos a la sección de ropa de oficina informal, donde acabamos con los brazos desbordantes de jerséis en tonos tierra”. Esos suéters y las camisas floreadas no tenían nada que ver con su edad (Miller tenía 17 años cuando ocurrió la agresión sexual) pero se ajustaban a las imágenes que ella y su hermana habían visto tantas veces en televisión, la chica destrozada pero digna. “Al final encontré algo apropiado, un suéter del color de leche caducada, suave y discreto –escribe– Me hacía parecer una de esas personas que te prestarían un lápiz”.

Channel Miller en la entrevista en la que reveló su identidad.

La idea de que una “cara lavada” y un atuendo apagado y discreto comunican una mayor credibilidad está tan extendida que ni siquiera algunas figuras que se saltan otras reglas se atreven a esquivar esta. Alexandria Ocasio-Cortez, a quien incluso sus enemigos le conceden unas dotes mayúsculas para la comunicación política, y alguien que ha hablado a menudo de su intención de no renunciar a la feminidad en su presentación pública (ha hecho tutoriales de maquillaje en vídeo y no le importa hablar de su ropa, que alquila en un servicio de suscripción) se puso ante la cámara de su móvil sin apenas maquillaje, desde luego sin su famoso pintalabios rojo, y con un jersey gris de punto grueso y cuello alto cuando quiso explicar cómo vivió el asalto al Capitolio y compartir además que años atrás fue víctima de una agresión sexual. Sabía que de lo contrario, no resultaría creíble.

Si se busca “cómo vestirse para un juicio” en castellano, el primer resultado que arroja Google también recomienda “sobriedad y sencillez”, y ante todo, no acudir en “pantalones cortos o camisetas que muestren el ombligo, jeans rotos o desgastados, minifaldas muy cortas, con gorras deportivas o con ropa demasiado ceñida”. Todas esas prendas pertenecen a un registro informal, pero también son piezas que subrayan la sexualidad, justo lo que debe esconder una mujer si quiere conservar la apariencia de dignidad según la convención pública. El artículo está ilustrado con fotos de Victoria Beckham. Un bufete de abogados que ofrece una guía sobre cómo vestir para un tribunal especifica: “Si acudo al tribunal porque he denunciado a mi jefe por supuesto acoso sexual, lo que no deberé hacer nunca es presentarme al juicio con el vestido más escotado que disponga”. Lo transmite con la mismo aire de sentido común con el que recomienda a las “amas de casa de mediana edad sin trabajo” que no vayan a su juicio de divorcio “ataviadas con joyas y vestidos de diseño”.

Cuando Nevenka se sometió al escrutinio público, dentro y fuera de los juzgados habían pasado unos once años de la famosa sentencia de la minifalda, que se considera un hito en la rebelión feminista contra lo que se percibe como una administración de justicia patriarcal. En 1989, la Audiencia de Lleida dictaminó que una joven de 17 años “pudo provocar, si acaso inocentemente, al empresario Jaime Fontanet por su vestimenta” y se le condenó a una multa de 40.000 por un delito de abusos deshonestos, que ya no existe como tal en el Código Penal. El Supremo confirmó la sentencia. Casi 30 años más tarde, la víctima de la Manada de Pamplona tuvo que justificar en su declaración por qué colgó fotos de vacaciones y de fiesta con sus amigos en Facebook. “No iba a colgar fotos llorando. Mi normalidad era colgar fotos de fiesta y seguí haciendo eso”. Es decir, la mentalidad que subyace en esas expectativas había cambiado poco. Si acaso aumentado. La víctima ideal, con su dignidad intacta, no solo debe vestir de manera decorosa sino también mantener un perfil bajo y que comunique tristeza y desazón en las redes sociales.

De la mujer humillada se espera entonces que aparezca sobria, decorosa, triste pero también serena. La ira, ya se sabe, es poco femenina. Durante las sesiones de confirmación del juez del Tribunal Supremo estadounidense Brett Kavanaugh, se destacó el contraste entre el supremo autocontrol de Christine Blasey Ford, la mujer que le estaba acusando de haberla agredido sexualmente 36 años antes, con la histeria (así la calificó, con toda la intención, Nancy Pelosi) indisimulada del propio Kavannaugh, quien gritó, se desgañitó y ofreció a los senadores todo un recital de gestos que iban de la frustración a la rabia, mientras su supuesta víctima se mantenía incólume y se tragaba las lágrimas, vestida de oscuro, con maquillaje discreto y gafas. El doble rasero era tan obvio que ninguna publicación se resistió a comentarlo, y la conclusión fue doblemente descorazonadora. No es que se pudiera elucubrar “qué hubiera pasado si Blasey Ford se hubiera mostrado así de cruda, dañada y dolida”. Hubiera pasado lo que ya pasó de todas formas, que su testimonio no fue tomado en cuenta y que a Kavannaugh se le confirmó como juez del Supremo, cargo que, si quiere, ostentará hasta el día de su muerte.

Christine Blasey Ford. Foto: Getty

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