viernes, abril 16, 2021
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De «agarrarse a la coleta» a los «morritos» de Pajín: las penosas raíces del insulto político machista en España | Feminismo


“Las mujeres (de Podemos) solo suben en el escalafón si se agarran bien fuerte a una coleta”, dijo el lunes el diputado por Cantabria del Partido Popular, Diego Movellán. Lo hizo durante la comparecencia de la ministra Yolanda Díaz en la Comisión de Trabajo del Congreso. “Hablan mucho sobre igualdad en su partido y su propio líder nos ha dejado claro que ahí dentro las mujeres solo suben en el escalafón si se agarran bien fuerte a una coleta, que para eso son ustedes como el cuento de Rapunzel”, destacó, en referencia al líder de Podemos, Pablo Iglesias, que hace unos días designó a Díaz como su sucesora en la vicepresidencia del Gobierno y la señaló como candidata perfecta para liderar el partido en las próximas generales.

Tal y como ocurrió con las declaraciones de Carmelo Romero –otro diputado de la bancada popular que gritó hace unos días a Iñigo Errejón «¡Vete al médico!«, menospreciando en este caso que se reformulase una estrategia nacional de atención psicológica–, el clip se hizo viral a los pocos minutos de suceder por lo machista y ofensiva que resultó esa frase. Pero a diferencia de ese grito espontáneo, lo de Movellán fue totalmente premeditado. Aquí el improperio venía preparado de casa. En su cabeza debió de sonar espectacular mientras la preparaba: una metáfora con doble combo sobre supuestas mujeres trepas y arribistas que no son nadie si no se apoyan en un hombre. Cómo, si no, van a tocar poder las mujeres de la izquierda. Porque su frase no solo apuntaba a Díaz, aquí también pillaba Irene Montero, a la que se degrada políticamente habitualmente por formar pareja con Iglesias. Lo inesperado para el diputado fue que ese machismo primigenio del que hizo gala ya no tuviese cabida en una comisión institucional con micrófonos y cámaras de por medio. “Todos los españoles sabemos cómo funciona su partido y los nombramientos”, contestó, acogiéndose a una falsa disculpa en un intento de retirar sus palabras, reincidiendo, de nuevo, en la impunidad para reincidir en la esencia de su aportación crucial para el futuro del país en la comisión de Trabajo.

Lo de Movellán no es un hecho aislado. El cántabro sabe que en España el macho político faltón es un clásico que nunca muere. «Cada vez que veo los morritos de Leire Pajín pienso lo mismo, pero no lo voy a contar aquí», dijo en 2010 el alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva, graduado cum laude en sexismo político y que esta vez decidió hablar sobre la que fuese ministra de Sanidad, a la que veía como una «chica preparadísima, hábil, discreta, que va a repartir condones a diestro y siniestro por donde quiera que vaya y que va a ser la alegría de la huerta». Sobre María Dolores de Cospedal, un edil de Izquierda Unida malagueño, Diego Díaz Jiménez, tuiteó en 2013 para compartir con el mundo que «no es malota sexualmente». El que fuese concejal del Bloque Nacionalista Galego en Cambados (Pontevedra), Xaquín Charlín González, llamó «chochito de oro» a la entonces vicepresidenta Soraya Saénz de Santamaría por una factura de 40.000 euros en el ginecólogo. En la categoría en la que interseccionan clasismo y machismo está el concejal del PP en Palafolls (Barcelona), Óscar Bermán, que aseguró que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, debería estar «limpiando suelos y no de alcaldesa». «Esperanza Aguirre es de las que besa a mediodía y muerde por la noche, de una manera que no es acorde con su aristocrática posición», dijo José Bono en 2005.  «Si haces un abuso de superioridad intelectual, parece que eres un machista y estás acorralando a una mujer indefensa», aportó Arias Cañete como valoración al trato que había ofrecido a su oponente, Elena Valenciano, tras debatir juntos en televisión en campaña por las europeas en 2014.  Y no solo pasa en la nueva política, aquí se ha hecho escuela y hay pilares sobre los que el machitus politicus aspira a reflejarse: Alfonso Guerra, el mismo que dijo que había que «convivir con la economía sumergida como con algunas mujeres; no se las puede eliminar», se refirió a la entonces ministra Soledad Becerril (UCD) como «Carlos II vestido de Mariquita Pérez». Manuel Fraga se refirió a la entonces portavoz socialista de Educación en el Congreso, Clementina Díez, asegurando que «lo único interesante que esa señora exhibió fue su escote».

Existe un dicho al que se aferra la escritora Ijeoma Oluo y que recoge en su recomendable libro Mediocre: The Dangerous Legacy of White Male America: «Works according to design» («Pasa porque está diseñado para que pase»). Ese es el mantra sobre el que se apoyan ella y sus compañeras activistas racializadas, la frase que se repiten cada vez que asisten a momentos donde poner los ojos en blanco en comunión ante el descaro de hombres (blancos) que mantienen su poder pese a su evidente mediocridad en la vida. Oluo cuenta que esa mediocridad blanca es la que «mantiene un status quo violento, sexista y racista», que esos hombres mediocres son los que, al fin y al cabo, «hacen la mayor parte del trabajo sucio y toma de decisiones que mantiene los sistemas de poder». Por su libro transitan ejemplos de titanes empresariales, de dueños de clubes deportivos y políticos demócratas. «Casi todos escapan de la indignación cultural que despiertan y de asumir la responsabilidad de sus hechos», escribe. No solo pasa en EEUU. Aquí también muchas ponemos los ojos en blanco cada vez que escuchamos a uno de esos políticos bajar al barro de la mediocridad, creyéndose ingeniosos, diciendo lo de los «morritos» o «agarrarse a la coleta» a una rival política. Pasa porque está diseñado para que pase.

 

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