domingo, abril 11, 2021
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«¿Cómo voy a ser racista si tengo una hija negra?» | Feminismo


Tengo una hija negra, etíope, de 15 años. Carlota se llama. Su entorno desde bebé, escolar, familiar, amistoso, es sensato, tolerante, antirracista… Pero sobre todo es blanco. Siempre blanco, occidental. Dialogante, ilustrado incluso, pero blanco. Cuando llegó a casa el mes pasado el libro, ¿Por qué no hablo con blancos sobre racismo? de la periodista de 32 años, Reni Eddo-Logde, (Península) pensé que por supuesto no hablaba de mí, ni de los míos, que nosotros no pertenecíamos a ese colectivo de blancos con el que la autora había decidido no hablar. Entonces, apareció Carlota, leyó el título y me dijo: “Tiene razón mamá, yo también he decidido no discutir con blancos sobre este tema. Os ponéis a la defensiva intentando que no se os tache de racistas, intentando ser guays, pero no solucionamos nada”.

Primera bofetada. ¿Me incluía ni propia hija en ese “privilegio blanco” del que hablaba la autora?. No podía ser. ¡Pero si yo estaba metida a saco en el Black Lives Matter, por favor! Me puse como loca a leerlo para quitarle la razón y quedé en que después se lo pasaría. Por razones obvias, (mi hija se hace mayor, ha dejado de ser una niñita negra ideal que va de mi mano a todas partes, para ser una chica negra, que va sola por la calle) me interesa especialmente esta literatura, así que la persigo y la devoro. Había acabado hacia poco otro ensayo, el de la pensadora política norteamericana bell hooks, ¿Acaso no soy yo una mujer?. Mujeres negras y feminismos (Consonni) que ya había ido a la diana en 1981, cuando se publicó: a lo largo de la historia, las mujeres negras tuvieron enemigos siniestros, insólitos, como la propia mujer blanca, el propio colectivo feminista, que las tuvo en cuenta demasiado tarde, y casi siempre mal. El libro puso patas arriba, además de consideraciones sobre el racismo estructural, mis certezas sobre la bondad universal y sin fisuras de la lucha feminista.

Llegaba, pues, tocada al tema de fondo que planteaba la nueva lectura, que cuestionaba también mi antirracismo, mi capacidad para la empatía. Tengo una hija negra, por el amor de dios, nadie puede ponerme en duda. Pero sí. Ambos libros, que abordan la negritud, la racialidad, el racismo -el micro y el macro-, la controvertida relación entre feminismo y mujer negra, entre las negras del primer mundo y ese mismo primer mundo, los bienquedismos y los privilegios de los blancos no racistas, han conseguido morder y picar, que es lo que deben hacer los buenos libros. Son ensayos que forman parte de un proyecto para cambiar el mundo: rompen el silencio y gritan. Lo dijo Virginia Woolf: “Quiero escribir una novela sobre el silencio, sobre las cosas que la gente no dice”. Las dos autoras lo han hecho en sendos libros honestos, descarnados, provocadores e inspiradores, que son llamadas de atención y que a mi me han desmontado teorías y certezas.

El hartazgo de hablar con blancos sigue en 2021

Primero llegó bell hooks (su firma en minúscula tiene una explicación: combina los nombres y apellidos de su madre y de su abuela escritos en minúscula porque según ella, “mayúsculas han de ser las ideas”), en 1981, construyendo este intenso, furioso y desolador relato sobre la opresión sin límites de las mujeres negras, durante y después de la esclavitud, hasta hoy. Sobre cómo el imperialismo racial ha desbancado incluso al imperialismo sexual. “Nunca, ningún libro de historia de la escuela nos habló del imperialismo racial. En su lugar se nos explicaron conceptos románticos del Nuevo Mundo, el sueño americano o EE UU como el gran crisol donde todas las razas se entremezclaban como una sola. Nadie habló de África como la cuna de la civilización”, cuenta bell. El libro aborda cómo las primeras olas feministas también dejaron de lado a las mujeres negras (recomiendo aquí la serie Mrs América, de HBO) y cómo la ficción, la televisión, las maltrató, las parodió, las estereotipó.

Justo 40 años después, la periodista inglesa Eddo-Logde, que ha leído a bell, que ha tenido más referentes, más y mejor ficción sobre la negritud, retoma este ensayo y va más allá: como mujer negra ya ni siquiera va a discutir sobre racismo, que continua vivo, con los supuestos bienpensantes, con los que tenemos el privilegio blanco. “A los cuatro años le pregunté a mi madre cuándo me volvería blanca, porque todos los buenos en televisión eran blancos y todos los malos eran negros o mestizos”. Leí ese párrafo y me alarmé, porque Eddo tenía cuatro años en ¡1993!

Subrayé esa frase y otras tantas y cuando lo terminé se lo pasé a Carlota, tal y como habíamos acordado. Tenía la esperanza de que me dijera que ella nunca había sentido nada parecido, que la autora exageraba, que ya estaba todo más resuelto, que las ficciones que ella veía le daban poderío, que se sentía identificada. Segunda bofetada. “Yo también quise ser blanca, mamá, y vosotros siempre le quitabais importancia a ser negra. Ya sé que lo hacíais para darme seguridad, pero es que la realidad era otra. Fue una minifase, no te preocupes, pero sí, quería ser normal. Yo me he sentido y me siento diferente. Y eso que cuenta el libro, de que no puedes decírselo a tus amigos blancos, es tal cual. Ellos no entienden, no entendéis que no hace falta que te insulten para sentirse mal, distinta, excluida. Que la gente ni se da cuenta de que te está tratando diferente. A veces, si sale una noticia racista, se ponen a competir, a ver quién es el menos racista”, me dijo Carlota.

Nos pusimos a debatir, a discutir, y reconozco que ganó Carlota por goleada. Las dos narraciones, los dos ensayos, son transversales, inabarcables por todo lo que contienen. Por ejemplo, Eddo-Lodge pone el foco en el racismo inglés, en la historia negra británica, menos conocida que la norteamericana, pero igual de virulenta en el fondo. Descubrió la historia del colonialismo británico y el pasado esclavista de su país en el segundo año de universidad, gracias a un módulo sobre el comercio transatlántico de esclavos. Y a partir de aquel estudio todo cambió. Se paró a pensar, investigó, leyó (a bell hooks, por cierto), abrió su blog, se empeñó en detectar lo estructural del racismo y se puso a escribir, entre otras cosas, este libro. “El racismo es una estrategia de supervivencia del poder sistémico. Cuando amplios sectores de la población votan por políticos y por iniciativas políticas que usan de forma explícita el racismo como herramienta de campaña, nos decimos que amplias porciones del electorado no pueden ser racistas porque eso les convierte en monstruos desalmados”, dice la periodista, yendo un poco más allá del libro de hooks. 

Mientras en ¿Acaso no soy yo una mujer? se hablaba del racismo voraz, el que nunca se escondía, el que tuvo un poder real y aniquiló generaciones y voluntades, el de Eddo se fija en el racismo sutil, que es el que ahora mismo me preocupa. El que se desarrolla en forma de pequeños e imperceptibles gestos cotidianos y que, atención, llevamos a cabo los blancos buenos, los que no somos supremacistas, pero llenamos las instituciones, las estructuras del poder, los del “privilegiados blancos”. 

Leí en Eddo-Lodge: “esa desconexión emocional, es la consecuencia de vivir ajenos al hecho de que el color de su piel es la norma, y que todos los demás colores se desvían de ella. En el mejor de los casos a las personas blancas se les ha enseñado a no mencionar que las personas de colores son “diferentes” por si acaso nos ofende. No soy capaz de seguir enfrentándome a la actitud defensiva de los blancos ni a su desconcierto”.

Esta es en definitiva la tesis de su libro, que nació como un post en su blog, publicado en 2014. Le pedí a Carlota cuando acabó el libro que me destacara al acabar aquellos momentos en los que se sentía reflejada. Me señaló ese párrafo y yo no supe qué decir. Pensé si yo también sería una de esas blancas desconcertadas (doy por sentado que no me pongo a la defensiva) de las que habla el libro… y mi hija. ¿Pero qué es en realidad el privilegio blanco?. “Es la ausencia de las consecuencias negativas del racismo, y una de las razones por las que dejé de hablar con blancos de racismo, para no enfrentarme a rostros pétreos llenos de incredulidad”.

El estereotipo de la mujer negra en la ficción

Hay muchos lazos de unión entre ambos escritos, y entre ellos el que hace referencia al universo audiovisual: tanto bell hooks como Renni  Eddo dejan claro que el miedo a un planeta negro ha existido no solo en el mundo real, también en el mundo de la ficción.

En 1979, en EEUU se emitía la comedia de situación, Detective School. En ella, según cuenta bell hooks se plasmaba la imagen más repugnante de la mujer negra que se había visto en televisión. “A la mujer negra de la serie se la ridiculiza constantemente por su fealdad, su mal genio, etcétera. Cuando no se burlan de ella, los hombres blancos la atacan físicamente, las mujeres blancas contra quienes se la contrapone son rubias atractivas estereotípicas…”. No ha sido la única, claro. La ficción (en el cine y en la tele)  ha estado plagada de mujeres negras retratadas como objetos sexuales, prostitutas, o también “como figura maternal y gruñona y oronda. Incluso las series que incorporan entre el reparto a niñas negras las retratan acorde con estereotipos negativos. La niña negra de la serie cómica What’s Happening se retrataba como una zafiro en miniatura”, apunta bell.

En el cine, continua la autora, tampoco han salido mejor paradas. “Las imágenes positivas de la mujer negra suelen ser las que la retratan como una figura maternal, religiosa y sufridora cuyos atributos mas entrañables son su capacidad de sacrifico y su abnegación hacia sus seres queridos. Los prototipos de la mujer negra aceptable son una mujer asexual, oronda, regañona pero tierna. La matriarca negra es un personaje folclórico”. Esas imágenes de mujeres negras, junto a todas las negativas, “se graban en las psiques de todos los estadounidenses, madres y padres negros incluidos, y mina la autoestima de las chicas negras”, escribió hooks en 1981.

Casi 40 años después, la periodista Eddo, reflexiona de nuevo sobre este asunto y da un paso más. “Durante mucho tiempo se daba por supuesto que los héroes de ficción más queridos eran blancos porque lo blanco era lo universal. Es en el cine, la televisión y los libros donde vemos las más poderosas manifestaciones de lo blanco por defecto. Un personaje no puede ser negro sin un preaviso dirigido a una audiencia que se supone blanca, es así de simple”, escribe. La industria de la ficción ha decretado que es difícil que el espectador se identifique con un protagonista negro “con la única excepción de unas pocas superestrellas de Hollywood”.

Eddo cuenta una anécdota reveladora. En 2014, el ataque informático que sufrió Sony Pictures sacó a la luz una serie de correos electrónicos en los que su presidenta, Amy Pascal, se mostraba partidaria de que el actor negro Idris Elba fuera el nuevo James Bond. “En las redes se desató un debate furibundo sobre si un Bond negro podría ser válido. Semejante alboroto por la posibilidad de que James Bond, el epítome de la britanidad más impecable y seductora pudiera ser mancillado por un atisbo de negritud puso de nuevo en evidencia los límites de lo que significa ser británico. Los comentarios casi rompen Internet. No volveré a ver una película de Bond, rugía un lector del Daily Mail. ¿De qué tenían miedo? Nadie mostró semejante preocupación por la posibilidad de echar a perder un clásico cuando la novela de Charles Dickens Oliver Twist se convirtió en una película protagonizada por un gato de dibujos animados”, apunta Eddo. La película la estrenó Walt Disney en 1988.

Los personajes que no son blancos llevan tanto tiempo relegados al papel de mejor amigo del protagonista o de cuota racial que, reflexiona Eddo, “para algunos, la idea de verse reflejado en un protagonista de piel negra es un concepto completamente ajeno. Se nos ha asignado el papel del ‘otro’ y sólo ocupamos el centro de la escena cuando se quiere hablar de sometimiento o como interludio humorístico. Las personas blancas están tan acostumbradas a ver un reflejo de sí mismas siempre, en todas las representaciones de la humanidad, que solo lo notan cuando deja de ser así”.

Eddo se para en otra ficción, para desmontarla. Girls, la serie de Lena Dunham. “Todo el mundo la consideraba un reflejo fiel de las mujeres jóvenes. La situación de las protagonistas me resultaba familiar. Pero la serie, ambientada en Nueva York, era abrumadoramente blanca. Y por esa razón costaba tomarse en serio a los críticos que insistían en que era la serie más feminista de la televisión en décadas”. Yo he sido una de esas críticas. Nunca reparé en eso. Nunca me lo planteé. Solo ahora, con una hija negra en casa, me fijo, me detengo, busco la representación de la negritud en la ficción. La extranjera, claro. De ficción propia ni hablamos.

Buceé entre las últimas series que había visto, incluida la recién llegada a Netflix The Bold Type, y vislumbré un poco de luz: Podría destruirte, Los Bridgerton, Small Axe (lo cuenta muy bien aquí mi colega Begoña Gómez ) estaban llenas de personajes negros, con protagonistas rotundas. Eran pocas, cierto, y anecdóticas en el aluvión de ficciones estadounidenses, pero suponían un respiro en el panorama que se retrata en ambos ensayos.

El último momento televisivo relacionado con este asunto tuvo lugar hace unos días, cuando Meghan y Harry le revelaron a Oprah Winfrey que la monarquía británica les había manifestado su preocupación por cuan oscuro podría ser el niño que esperaban. Tras estas declaraciones (que cuestionaban el antirracismo de esa institución en pleno siglo XXI) el mundo entero, incluida la gran Oprah, pareció llevarse las manos a la cabeza. Bueno, todos menos mi hija Carlota, que cuando se lo conté, me miró sin inmutarse, con cierto desdén, como dándome por perdida y me dijo: “no me parece tan raro que preguntaran eso, la verdad”.

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