viernes, abril 16, 2021
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¿Y si los pisos del futuro no tuviesen cocina? Una arquitecta catalana becada en Harvard aboga por los comedores comunitarios | Feminismo


La idea de vivir en un hotel parece excéntrica y prohibitiva. Remite a Elaine Stritch, la diva de Broadway que falleció en 2014 y que vivió durante 12 años en el hotel Carlyle de Manhattan, y solo salía de allí para ir al teatro con sombrero y abrigo de pieles hasta el suelo; a Marc Jacobs, que pasa temporadas viviendo en el hotel Mercer (y hasta ha hecho un corto documental un tanto autoparódico sobre el tema) y a Lorenzo Caprile, que reside en un hotel de Chamberí desde hace más de una década y siempre lo cuenta en las entrevistas.

Sin embargo, esa opción estaba mucho más extendida en el Nueva York del 1900, como descubrió hace unos años la arquitecta catalana Anna Puigjaner, que dedicó su tesis a esta forma de vida semicomunitaria. En esos lugares conocidos como “family hotels”, con nombres evocadores tipo Ansonia o Belleclaire, “vivía la clase media, en un sentido amplio, desde abogados hasta tenderos. Los utilizaban muchos solteros, gente mayor y familias reducidas, con un solo hijo”, explica . Las mujeres se estaban incorporando al trabajo y el servicio doméstico se había convertido en algo muy caro, de manera que la idea era externalizar e industrializar los cuidados de la casa. Estos edificios tenían lavandería, guardería, médico y hasta personal administrativo para escribir las cartas, por ejemplo. Las habitaciones no tenían cocina pero sí unas neveras con dos puertas, una que daba al interior de la casa, y otra al exterior, al pasillo comunitario, para que los habitantes pudieran recibir sus pedidos de comida incluso si no estaban allí. Las comidas, generalmente, se hacían en un comedor abierto a todos los residentes.

Una de las casas sin jerarquías y con cocina comunal que Puigjaner estudió en Japón. Foto: Ana Puigjaner

Políticamente, los family hotels anticiparon muchos debates que siguen aquí de una u otra manera. Algunas pioneras feministas y pensadores reformistas celebraban la mezcla y la diversidad social de esos hoteles y el hecho de que muchas mujeres pudiesen así participar en el mundo del trabajo, liberadas de lo doméstico, mientras que otros señalaban que ese trabajo no había desaparecido, porque lo seguían haciendo otras mujeres (las lavanderas y cocineras) solo que más pobres. Eso sí, lo hacían cobrando.

Aunque sobreviven algunos vestigios –el famoso hotel Waldorf Astoria tiene en sus torres varios apartamentos sin cocina para residentes de larga duración– los hoteles vivienda no sobrevivieron a la crisis económica de 1929. Por el colapso económico pero también porque esa forma de vida sonaba sospechosamente soviética. “Se politizó. En el siglo XX todo lo colectivo parecía comunista”, explica Puigjaner, que dio esta semana una conferencia sobre las ciudades sin cocinas en el Colegio de Arquitectos de Barcelona. Está convencida de que ese es un modelo que podría ofrecer múltiples soluciones en la actualidad, y es un principio que le guía tanto en su investigación como en su trabajo práctico en el despacho del que es socia fundadora, MAIO. “Hice esta tesis porque quería demostrar que la colectividad puede convivir con el sistema capitalista y que no estaba tan ideologizada, que no hace falta tener un estilo de vida alternativo para vivir así”, comenta. “Estamos acostumbrados a pensar solo en la familia nuclear y eso excluye a toda una diversidad de estructuras familiares. Tenemos a mucha gente mayor en pisos grandes con habitaciones vacías, a adultos que quieren compartir piso y se encuentran con que uno tiene que quedarse la habitación grande y otro la pequeña porque los pisos están jerarquizados”. Su idea de minipisos sin (apenas) cocina tampoco tiene que ver con lo que se ha comercializado como coliving, una opción muy polémica que se vendió como alternativa habitacional antes de la pandemia y en la que los precios rondan los 800 euros al mes por una habitación con baño. “El problema es que esos modelos de vivienda compartida están completamente comercializados, se han comodificado de manera extractiva y no tienen beneficios para quien vive sino para quien los explota”, dice.

En su idea de vida comunitaria, la comida no procede de dark kitchens y de modelos de entrega a domicilio individualizados, que considera nada sostenibles, sino de cocinas comunitarias, como las que funcionan en otros países. Hace cuatro años, Puigjaner recibió una beca de Harvard, el premio Harvard GSD Weelwright, para viajar por todo el mundo investigando sistemas de cocinas comunales. “Me interesaban solo los modelos surgidos después de los 70 y 80, vinculados a internet y con impactos en ciudades grandes”. Durante ocho años visitó sistemas de alimentación colectiva en Senegal, Escandinavia, Quebec, el Sudeste asiático y así hasta ocho países. “Tampoco fue sostenible”, admite. Finalmente, centró su disertación en los tres que le parecieron más útiles y exportables, en Lima, Tokio y ciudad de México. En Perú se encontró con comedores populares que tienen un componente de reivindicación de género. “Los llevan grupos de unas quince mujeres cada uno, que cocinan en grupos de tres, unos 300 menús al día. Se pagan pero a precio muy reducido”. En México existe un modelo sostenido por fondos tanto públicos como privados que se implantó tras la crisis de 2008, “cuando la clase media se vio impactada por la pobreza y se pensó que una manera de generar microtrabajos profesionalizando el trabajo doméstico”, según explica Puigjaner. Hay más de 500 cocinas colectivas, que se ubican muchas veces en casas particulares, y quienes las llevan reciben un pequeño salario. La administración financia parte de los alimentos y el resto lo completan los beneficiarios. “Además de tener a la población alimentada, esas cocinas sirven de radar social. Se detectan por ejemplo, situaciones de violencia de género. Hay una dedicada a la comunidad LGTBI”.

Una cocina comunal que Puigjaner visitó en Lima para su proyecto Kitchenless. Foto: Anna Puigjaner

El modelo japonés, las llamadas Komodo Shokudo Kitchens, surgió del empobrecimiento de parte de la sociedad pero también del problema creciente de la soledad en una sociedad muy atomizada. “Surgieron de forma voluntaria y las lleva sobre todo gente mayor. El objetivo inicial fue dar cenas calientes a los niños que pasan muchas horas solos después del colegio. Hay unas 600 y funcionan sin ayuda institucional. En este caso, fomentan también la idea de comer juntos y han servido para definir distintas estructuras familiares, gente que se relaciona no porque son parientes sino porque viven cerca”. De esto se habló mucho durante el confinamiento estricto, de cómo en muchas comunidades se estrechó la relación vecinal cuando se hizo imposible ayudar a los parientes y amigos que vivían lejos.

Para la arquitecta, estos modelos serían perfectamente adaptables a una realidad como la española. “En las ciudades podría haber una cocina comunitaria cada dos manzanas, por ejemplo. De entre 1500 personas que pueden vivir en una manzana, es muy probable que haya 100 ó 300 que tengan necesidad de esta relación. De nuevo, siempre estamos pensando en familias nucleares con dos adultos, pero hay muchas madres solas con dificultad para conciliar, gente mayor…hay una gran tipología de personas que podrían beneficiarse de una cocina comunitaria”.

En su estudio, MAIO, no han llegado tan lejos como para construir edificios de casas sin cocina individual pero sí han levantado proyectos como 110 Rooms, una casa de vecinos en la calle Provença de Barcelona finalizada en 2017 en la que las habitaciones de cada piso no tienen una función específica ni una jerarquía. Sobre el plano, no se llamaban “dormitorio”, “salón” ni “cocina” sino “habitación”, y cada persona que los compró decidió cuántas quería y qué quería hacer con ellas, y podrá modificarlo con facilidad en el futuro. El edificio tiene un vestíbulo amplio que podrían utilizar los vecinos de manera comunal, pero no servicios comunitarios, que es algo que siempre cuesta implantar. “Las normativas, los programas y sobre todo el planteamiento privado del suelo lo hace muy difícil. La mentalidad cuando haces algo comunitario todavía es: estamos perdiendo metros de vivienda”, cuenta otra de las socias del despacho, María Charneco.

Todos están de acuerdo que una buena solución para muchas tipologías de familias o residentes solos sería equipar apartamentos con pequeñas minicocinas y dotar también a los edificios de instalaciones comunitarias. Lo de ponerles luego nombres fin-de-siècle tipo Metropol o Bellevue ya es opcional.

Anna Puigjaner. Foto: Alba Yruela



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