miércoles, junio 23, 2021
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Cybill Shepherd, los frenéticos años de sexo y drogas de la estrella que terminó reencontrándose con Dios | Celebrities, Vips


Pese a que lleva décadas manteniéndose en un discreto segundo plano de la industria, los 50 años que se cumplen ahora del debut de la actriz Cybill Shepherd en el cine celebran una de las trayectorias y personalidades más fascinantes de cuantas hayan pasado por las colinas de Los Ángeles. Reina adolescente de los concursos de belleza del sureste de Estados Unidos, con apenas 16 ya era modelo cotizada por las revistas de belleza y moda del país. Precisamente una de esas portadas, la de la revista Glamour en 1970, llamó poderosamente la atención de un joven cineasta llamado Peter Bogdanovich que esperaba su turno en la caja de un supermercado. Su debut en la celebrada La última película, por la que la nominaron a un Globo de Oro, conmocionó a la industria de Hollywood, que vio en su rostro el anhelo del cambio generacional en la meca del cine. Con el director mantuvo también su primera relación sentimental a pesar de que estaba casado y su mujer –la gran productora Polly Platt– trabajaba en la misma película. Un historial amoroso que, como ella misma relató en su biografía, aparecían nombres tan ilustres como Elvis Presley, Don Johnson, Jeff Bridges o Charles Grodin.

Porque el aspecto íntimo de la vida de la protagonista de Luz de luna fue incluso más convulso, ardoroso y controvertido que su celebrada carrera delante de la pantalla, siendo narrada con brutal honestidad y despojada de complejos por ella misma. Las drogas, por ejemplo, formaban parte de la cotidianidad de su relación con Elvis, uno de sus primeros novios, y terminaron también a causa de ellas. Era 1972 y, según defiende Shepherd, el ‘Rey del rock’ era un amante indescriptible que la conquistó por su olor –“todos los tíos llevaban colonia barata, menos él”–, pero con una adicción demasiado severa como para poder establecer una relación. “Una vez, cuando era la hora de irnos a la cama, me dijo, ‘Toma estas pastillas’, y me las puso en la mano. Él me dijo que ya se había tomado las suyas, pero yo las tiré por el retrete. Después de eso le devolví un anillo de esmeraldas y diamantes. Habíamos terminado”, declaró en una entrevista en 2009.

Portada de la edición estadounidense de la revista Glamour en 1970 con Shepherd en portada.

La intérprete achaca su orgullosa promiscuidad a su origen sureño –“el sexo allí es una forma de socializar que no nos tomamos muy en serio”– y a la confrontación con el ejemplo de su madre, a la que tilda como “una señora que lo único que decía sobre el sexo es que era algo muy desagradable”. Según confesó Shepherd a The Guardian, “yo solo quería pasar un buen rato, ser libre, y sentirme realizada de una forma en la que las mujeres de otras generaciones no pudieron. Fui muy salvaje, pero resulta que, en retrospectiva, lo tenía todo”. En una ocasión incluso llegó a calificarse de “adicta sexual” por su incapacidad para respetar la monogamia de sus matrimonios. Con Don Johnson, coprotagonista de la adaptación en forma de miniserie de El largo y cálido verano, la atracción fue demasiado intensa. “Duramos un nanosegundo en el porche y nos fuimos a la cama rápidamente. Fue como devorar una chocolatina cuando estás hambriento: furioso e intenso y habíamos acabado en solo cinco minutos”, expuso.

“La primera vez que la vi vestía un vestido blanco, parecía un ángel salido de esta sucia porquería. Ella está sola. No pueden tocarla”. Fue el mismísimo Travis Bickle, en una de las escenas más recordadas de Taxi Driver, el que mejor definiría la impresión que causó aquella belleza de cabellos rubios y ojos azules salida de Memphis ante los espectadores. Hasta el mismísimo Scorsese se permitió hacer un cameo en su obra maestra y ser el afortunado que observa a Betsy, obsesión de Bickle, caminar a cámara lenta. Shepherd se impuso en el casting a actrices como Mia Farrow, Meryl Streep, Farrah Fawcett o Glenn Close, pero mantuvo una tumultuosa relación con su coprotagonista a raíz de su rechazo a tener una relación con De Niro.

Fotograma de ‘La última película’, debut como actriz de Shepherd dando vida a Jacy Farrow. Foto: Getty

La rebeldía irreverente de Shepherd se fue difuminando de forma paralela a su carrera profesional. A principios de la pasada década empezó a presumir de su transformación interior, avalada por su reencuentro con la fe católica y Jesucristo, con el que “volvió a hablar de nuevo”. La estrella de cine sostiene que una experiencia cercana a la muerte fue lo que la llevó a abrazar de nuevo su faceta espiritual. “Sentí que mi alma subió a una estrella. Y luego dije, ‘No puedes ir ahí, tienes tres hijos. Vuelve aquí abajo, tienes que seguir viva”, evocó en el programa de televisión Today. Su compromiso ha llegado hasta el punto de sumarse a la pujante y lucrativa industria del llamado “cine cristiano” con El poder de la cruz, una producción coral sobre varios personajes que se redimen gracias a su reconciliación con la fe católica. Un trabajo cuestionado por la prensa especializada por el conservadurismo reaccionario que desprenden la mayoría de estas obras, pero que ella defendió sin complejos: “Lo primero que hay que hacer es trabajar, eso lo primero de todo. Y si te llega una buena película como esta, con un gran personaje que interpretar, ¿vas a decir ‘no’ porque es una producción cristiana? Hazla, sigue trabajando”.

Madre de tres hijos fruto de dos matrimonios fallidos diferente (con el empresario David Ford y con el quiropráctico Bruce Oppenheim), Cybill Shepherd tuvo que lidiar con varios de los mayores egos de la patriarcal industria cinematográfica. Ella misma recopiló todos sus frentes abiertos en el extenso y genial título de su biografía: La desobediencia de Cybill: cómo sobreviví a los concursos de belleza, Elvis, el sexo, Bruce Willis, las mentiras, el matrimonio, la maternidad, Hollywood y la necesidad irreprimible de decir lo que pienso. Ese deseo irrefrenable por dar su opinión la marcó durante toda su carrera, también en su mayor éxito profesional: el de la exmodelo metida a detective privado de la serie Luz de luna. Un fenómeno de la televisión ochentera que les convirtió tanto a ella como a Bruce Willis en dos de las figuras más populares y deseadas en todo el mundo gracias a la tensión sexual no resuelta entre sus personajes. Lo suyo duró, como diría Sabina, lo que duró la paciencia de los guionistas antes de dar rienda suelta a la atracción de los protagonistas, perdiendo después la curiosidad de los espectadores. Por el camino, Willis y ella mantuvieron una relación de amor-odio que convertía la vida en plató en un infierno. “Los personajes no estaban demasiado alejados de nosotros. Yo interpretaba a una antigua modelo, que lo era, y él a un gilipollas, que lo es”, comentó en un programa humorístico Sheperd delante de Willis.

La revista Time incluyó ‘Luz de luna’ entre las 100 mejores series de la historia de la televisión. Foto: Getty

Su carrera como estrella de la televisión llegó a su final a principios de 1998, durante una cena supuestamente profesional con Les Moonves, el todopoderoso director de la cadena CBS que por entonces emitía, Cybill, la exitosa sitcom con la que tomó el relevo a Luz de luna y que le valió su tercer Globo de Oro. “Fuimos a la cita y él empezó a contarme cómo ya no le excitaba su mujer, y que tampoco le ponía ninguna de sus amantes. Le veía beber alcohol y de repente me pregunta, ¿Por qué no me dejes llevarte a casa?”, relató Shepherd en una entrevista radiofónica en diciembre de 2018. Su respuesta fue tan expeditiva como las represalias que germinarían de ella. “No, ya tengo quien me lleve. Mi coche está aparcado abajo con un buen amigo que es un policía de Los Ángeles fuera de servicio”. Solo unos días después, el equipo de la serie comenzó a recibir quejas por parte de la cúpula de la cadena, coartando la libertad creativa de la que habían gozado hasta entonces. Un ejemplo: nada de hablar sobre la menstruación en sus episodios. Unos meses después, la ficción que según su protagonista “podía haberse emitido durante cinco años más”, era abruptamente cancelada. No dio tiempo ni a grabar un episodio que cerrara las tramas y los créditos finales que leían ‘To Be Continued… (Continuará…)’ quedaron en una promesa incumplida por la negativa de su estrella a ser acosada. 20 años pasaron hasta que la oleada activista del movimiento #MeToo consiguió hacer justicia con el magnate, que se vio obligado a dimitir del conglomerado de entretenimiento después de que una docena de mujeres lo acusaran de acoso sexual en las páginas de la revista The New Yorker.

La serie homónima de la actriz (en la imagen junto a Christine Baranski) se mantuvo en parrilla durante cuatro temporadas. Foto: Getty

La estadounidense hizo gala de su empeño activista cuando pocas actrices de su fama se atrevían a levantar la voz. “Nunca quise ser Jane, siempre preferí ser Tarzán. No quería quedarme pasando la aspiradora en la casa del árbol, me gustaba más balancearme por las ramas”, declaró en una ocasión. Ha defendido el aborto legal, la causa feminista –llegando a rechazar el rol de la niñera que destroza una familia en El diablo que mece la cuna por su connotación machista– y los derechos de los homosexuales: tanto dentro de la pantalla (con su papel en la serie The L Word) como fuera de ella, siendo merecedora en 2019 del premio Trevor Project por su apoyo al colectivo LGTB. Su hermana Gladys, que falleció con solo 63 años en 2009, era lesbiana y la actriz la apoyó de manera incondicional, así como a su propia hija, Clementine Ford, también intérprete.

La intérprete posa en una premiere televisiva en 2019. Foto: Getty



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