miércoles, mayo 12, 2021
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Gucciaga: la increíble «superposición» de dos mitos centenarios de la moda en un desfile que pulveriza reglas


No, no es una colaboración. El pasado martes WWD adelantó que Balenciaga se aliaría con Gucci en el desfile que acaba de desvelarse hoy, Aria. Nada lejos de la tónica actual, plagada de alianzas entre marcas de toda índole, si no fuera por que se trata de los dos pesos pesados del lujo de nueva generación pero también histórico y que, además, pertenecen al mismo conglomerado, Kering. Consciente de la influencia que tienen ambas firmas en la juventud actual, Michele presentaba un video dirigido junto a la directora Flora Sigismondi, colaboradora habitual de la casa,  al que le acompañaba una banda sonora seleccionada para la ocasión: Lil Pump, Future o Die Antwood, entre otros, entonando sus canciones dedicadas a la marca y demostrando de algún modo que su impronta alcanza las cotas de fenómeno social.

Desde el inicio se intuía el tándem: un joven se acerca a un club, Savoy (un guiño al mítico Hotel savoy, clave en la historia de Balenciaga). Se asoma a una mirilla y atisba una especie de Arcadia, un lugar imaginario en el que reina la paz. Lleva unas gafas alargadas que bien podrían ser de Balenciaga, pero en las patillas se vislumbra el logo de Gucci. Comienza el desfile, y se suceden todos esos elementos que, mezclados, han convertido la estética de Alessandro Michele, el director creativo de Gucci, en  la más reconocible de los últimos años: hay fetichismo (mezclado con el imaginario ecuestre, marca de la casa), fluidez de género, referencias a los 70, guiños del nerd a lo victoriano, pero en los planos de los bolsos comienzan a verse colores planos, y las hombreras empiezan a ganar volumen, como en esas chaquetas que también se han convertido en seña de identidad inconfundible de Denma Gvasalia. Es Gucci, y es Balenciaga.

El imaginario visual de ambos creadores y ambas firmas junto, pero no revuelto. El ya mítico plumífero semiabierto de la primera colección del Balencia de Gvasalia, allá por 2016 lleva estampado el monograma de Gucci, como también lo lleva el bolso Hourglass. El también mítico traje del georgiano de un solo estampado y botas puntiagudas luce el logotipo de Balenciaga pero se decora con las flores Liberty de Gucci.

Pero no, no es una cápsula. Es una «superposición» en la que duplican logos e iconos para duplicar deseo.

Gucci cumple cien años y toca hacer repaso, pero de un modo más emocional y sensorial que meramente histórico. «Benjamin afirmaría que para planificar el futuro es necesario cambiar el pasado al tiempo que rastreamos, sobre la marcha, aquellas reservas de energía que potencialmente tienen vida más allá. En mi trabajo, abrazo las raíces del pasado para crear inflorescencias inesperadas, tallando la materia mediante injertos y podas. Apelo a esa capacidad de rehabilitar lo que ya ha sido otorgado.

A la armonización, las transiciones, las fracturas y las concatenaciones», escribe Alessandro Michele en la declaración posterior al desfile. Su intención con esta colección es ahondar más, si cabe, en ese proceso creativo que experimenta con el legado de un modo irreverente. «Una vez cruzado este umbral, he expoliado el rigor inconformista de Demna Gvasalia y la tensión sexual de Tom Ford, he rendido tributo al universo ecuestre de Gucci transfigurándolo en una cosmogonía fetichista; he sublimado la silueta de Marilyn Monroe y el glamour del viejo Hollywood; he saboteado el discreto encanto de la burguesía y los códigos de la sastrería masculina», dice.

El pasado julio Michele se desmarcó del desfile tradicional con Epilogue, una retransmisión de doce horas protagonizada por los empleados de la casa que servía para desenmascarar y poner en valor lo que ocurre en las bambalinas del espectáculo. En noviembre llegaría GucciFest, una serie de cortometrajes para presentar su colección ‘Ouverture of something that never ended’ en los que se exploraba la relación de la moda con cuestiones candentes de la agenda social, de la identidad al feminismo. Ahora, con motivo del aniversario, ha querido reflexionar sobre ese equilibrio entre la recuperación y la innovación que buscan los creadores que llegan a hacerse cargo de una casa centenaria. La mirada del diseñador a un pasado que de algún le pertenece y al mismo tiempo lo trasciende.

Cien años plagados de iconos para el diseñador mas iconoclasta del panorama actual. Por eso, a efectos de mercado, esta puede parecer una colaboración (o, más concretamente, la gran colaboración) pero el discurso es otro. No es una sinergia, es como dice Michele, ‘un expolio’ a la marca de al lado, a la otra gran marca que reina en el panorama actual. Por si no quedaba claro, la colección se llama Aria. Aquí solo hay una voz, aunque entone versos de otros hasta crear una pieza nueva.

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