miércoles, mayo 12, 2021
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La semiótica del rojo o cómo Ayuso y García se disputaron el color de Madrid en el debate | Moda


Hitchcock decía que para vestirse de rojo hay que tener una buena razón. Anoche, varias mujeres tuvieron una buena razón: el primer y único debate a seis de la campaña electoral de la Comunidad de Madrid. Isabel Díaz Ayuso y Mónica García escogieron vestir de este color. Con esta decisión, incomprensible en una situación en la que nada se deja al azar, llegaron la confusión del espectador, los memes y el campo de juegos para los aficionados a la comunicación política.

Ayuso y García, rivales políticas, parecían demasiado similares. En pantalla no se apreciaban los matices de corte y tono y el efecto era que iban vestidas iguales; el plano medio no ayudaba a distinguirlas. En realidad, no era así: la candidata de Mas Madrid vestía un traje pantalón con chaqueta desestructurada de un rojo claro con un top blanco. La del PP recurrió a uno de sus colores fetiche en una americana, un pantalón negro de cintura alta y otro top blanco. La conclusión salía sola: iban vestidas con los colores de la bandera de la Comunidad. La primera estaba algo disfrazada con un traje que rompía su imagen de campaña, pero fue soltándose hasta terminar dominando al traje y al color. La segunda prefirió continuar con una silueta ya cultivada por ella, previsible, sin nada que comentar.

El rojo no es de nadie y es muchos. Este color se lo apropian personas de todo el espectro político, cada uno por sus motivos. La Reina Letizia lo viste, las políticas del PSOE lo tienen como color corporativo y Ayuso también: es el de la bandera de la Comunidad de Madrid. También es el color del comunismo. Rojo o libertad. Rojo o rojo. Anoche, entre unas y otras, el color hizo lo que pudo, pero perdiendo fuerza simbólica. La actual presidenta inauguró su mandato de rojo CAM y a él se aferra en momentos importantes. Mónica García, tras una carrera política en colores tímidos, sorprendió con un color que impide que apartes la mirada de él. En el gesto de esta médica había un desafío: el color de la bandera española y de la comunidad es de todos. Eran dos mujeres tirando de un color, de una ciudad, porque apenas se habló de la Comunidad. Para aumentar la confusión, María Rey, moderadora del debate, también eligió ese color, en su caso de manera total. Tres personas de las ocho que estaban en el plató tenían buenas y hitchcockianas razones para querer que las miraran.

Tres de cuatro mujeres iban anoche vestidas de rojo. Cuatro de cuatro llevaban americana. Que no hayamos encontrado una forma de demostrar poder que sea exclusiva del vestuario femenino y sigamos recurriendo a una prenda procedente del masculino es responsabilidad de todas. El power dressing ha hecho daño en el vestuario político, porque es difícil desmarcarse de él y crear un vocabulario propio. El recurso a la americana es tan inevitable como vago. Una americana ahorra explicaciones. Esto no es patrimonio de la política española, no hay que flagelarse: Kamala Harris y Alexandria Ocasio-Cortez también la usan. Hay poco que reprochar a una americana, aunque no todas son iguales. Anoche, las mejor cortadas eran las de María Rey y Rocío Monasterio, que la eligió morada, un color asociado al feminismo. En fin. Al otro lado del televisor, había muchas más americanas. Rocío Carrasco aparecía en Telecinco, absorbiendo espectadores, con traje pantalón azul muy seguro de sí mismo; a su alrededor, había más mujeres con americanas. Entre una cadena y otra, todo eran americanas. Anoche quedó claro cómo visten las mujeres en pantalla cuando hay la más mínima posibilidad de hacer un poco de historia. Americanas, os recibimos con alegría, deben decir asesores de uno y otro lado.

Rocío Monasterio, Mónica García e Isabel Díaz Ayuso en el debate de ayer. Foto: Gettyimages

Durante el debate de anoche todas las miradas estaban puestas en Isabel Díaz Ayuso, favorita en las encuestas. Alguien interesado por la moda no encontrará en su estilo material para comentar, alguien interesado por la política sí. La política de Chamberí ha visto cómo, en menos de dos años, ha pasado de ser objeto de mofas por haber sido community manager de un perro a ser considerada el gran valor de la derecha española y un factor desestabilizador en la política nacional. La ropa de Ayuso es inofensiva, sus palabras, no tanto. Cuanto más bajo habla su ropa, más alto habla ella. Este desfase es otro acierto más en la campaña de una mujer que sale a ganar y con la actitud de quien tiene posibilidades de hacerlo. A pocos días de los Oscar podemos usar un símil cinéfilo: ella se mueve con el discurso aprendido y con las ganas de acabar la carrera que tiene una película con muchas nominaciones.

 

En el debate de ayer Ayuso vistió de Ayuso, es decir, con más simpleza que sencillez. La campaña la había comenzado días antes con camisa blanca y un guardapolvos, como muchas madrileñas salen a trabajar o a esos bares que tanto le gustan a la presidenta en esta primavera desconcertante. A ella le suena que esta prenda, en abril de 2021, es más estilosa que una gabardina corta y hasta ahí su enganche con la tendencia. La política madrileña oye campanas en lo que respecta a la moda, pero las oye de lejos. No lo necesita para apelar a todos los madrileños posibles; su ropa funciona en la Plaza de Olavide, en los bares de Retiro y en las oficinas de Alcobendas, a los 25 y a los 55 años. Es complicado definir si Ayuso es un poco moderna, clásica o muy clásica en su forma de vestir. Faldas midi de vuelo, vestidos con cinturón de un solo color, blusas, y alguna chaqueta biker forman su vocabulario de moda que solo sabe ser resolutivo. No hay pedigree evidente en su ropa ni en sus bolsos, ni siquiera grandes cortes y en esto se desmarca del resto de las políticas del PP. También lo hace evitando el pelo rubio con exceso de peluquería y recurriendo al maquillaje marcado. Tiene una piel excelente, se maquilla bien los ojos y lo hace a diario. Es una política de derechas a la que le da igual parecerlo o no.

Ayer, ni Isabel Díaz Ayuso ni Mónica García se podían permitir errores: una por favorita, otra por debutante. Por eso, las dos eligieron el rojo y tiraron de él, cada una hacia su lado. Solo faltó Bernard Herrmann de fondo.





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