miércoles, mayo 12, 2021
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el retiro de Georgia O’Keeffe en Nuevo México


Nació en una granja de Wisconsin y vivió la última parte de su vida en un rancho de Nuevo México. Georgia O’Keeffe (1887-1996) sentía una gran conexión con la naturaleza, podía pasar horas mirando cómo variaban los matices del color del cielo en el desierto, tenía un huerto en el que cultivaba 17 tipos distintos de calabazas y, pese a que era considerada una de las artistas más importantes de Estados Unidos, decidió vivir apartada del mundo con sus dos perros Chow Chow, Bo y Chia, en una tierra árida marcada por la herencia de los nativos americanos y los colonos españoles. Aunque llevaba casi dos décadas visitando la zona, y pintando en ella, fue en 1949, a los 62 años, cuando O’Keeffe se instaló de forma permanente en Nuevo México. Allí había acudido en varias ocasiones para olvidar las infidelidades de su marido, el fotógrafo y galerista Alfred Stieglitz, y allí se fue a vivir en 1949, tres años después de que él falleciera en Nueva York.

La artista había adquirido y acondicionado dos propiedades que se convertirían en su refugio e inspiración: en invierno vivía en su casa de adobe de Abiquiú, decorada con muebles de estilo midcentury de Eero Saarinen o Charles Eames y en la que un móvil de Calder compartía espacio con su colección de piedras, y pasaba el verano en el apartado Ghost Ranch. Este ‘Rancho Fantasma’ era propiedad del conocido naturalista Arthur Pack, uno de los fundadores de la revista Nature, y su mujer, Phoebe, que le vendieron parte del terreno a O’Keeffe. La tierra venía con leyenda incorporada: en la zona contaban que antes se llamaba Rancho de las Brujas, porque los lugareños aseguraban que estaba encantado, aunque parece que más bien se debía a que los ladrones de ganado del área difundían ese rumor para evitar que los extraños se adentraran en la propiedad y poder guardar ahí su botín.

Georgia O'Keeffe

La casa de O’Keeffe en Abiquiú es de adobe y allí pasaba los inviernos; en verano se instalaba en Ghost Ranch. Foto: Getty

El lugar, su luz, sus paisajes y su arquitectura tuvieron una gran influencia en sus cuadros, como puede apreciarse en la retrospectiva sobre la pintora que hasta el 8 de agosto podrá visitarse en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. «Su obra está siempre muy relacionada con el entorno que está viviendo. Cuando vive en el desierto, pinta el desierto. No es aleatorio. Viaja en por primera vez en 1929 a Nuevo México y descubre una tierra que le fascina a muchos niveles, no solo por el paisaje, sino también por la carga cultural que tiene como territorio donde la presencia de población nativa americana es todavía muy fuerte, y por la herencia hispana. Se deja envolver por todo lo que le rodea en Nuevo México y crea a partir de ahí, como había hecho antes en Manhattan cuando vivía en Manhattan, como hizo en Lake George, en Texas…», explica Marta Ruiz del Árbol, comisaria de la exposición. En ella, la experta reivindica la figura de O’Keeffe «como artista caminante, exploradora de territorios, que camina para poder pintar después, porque todos los días paseaba y se sumergía en los paisajes que la rodeaban, en esa naturaleza indómita y muy árida que encuentra en Nuevo México».

Georgia O'Keeffe

‘Patio con nube’ (1956) es una de las obras expuestas en el Museo Thyssen. Foto: Milwaukee Art Museum, Milwaukee. Donación de Mrs. Edward R. Wehr/Georgia O’Keeffe Museum/John R. Glembin

Durante los años que pasó entre Ghost Ranch y Abiquiú pintó repetidamente las cumbres que veía a diario –Pedernal, con su cima plana, era su preferida, llegó a decir «Es mi montaña privada. Dios me dijo que si la pintaba a menudo podría tenerla»– y la puerta negra del patio de su vivienda de Abiquiú, un espacio que la obsesionaba y al que dedicó 20 pinturas entre 1946 y 1956. «Este trabajo es sobre todo una meditación tranquila sobre la infinita variedad de sombras del adobe, la tierra y el cielo», explican en la web del Museo de Bellas Artes de Boston, en la que también recuerdan que la propia artista reflexionó sobre la influencia que ejerció sobre ella desde el primer momento ese rincón: «Cuando llegué a la casa de Abiquiú era una ruina con paredes de adobe (…) El patio tenía un buen tamaño y una puerta en un lateral. Esa pared con la puerta era algo que necesitaba poseer. Tardé 10 años en lograrlo y tres más en arreglarla para poder vivir allí, pero después de eso pude pintarla muchas veces».

No fue la única fijación de O’Keeffe. En su Ghost Ranch acumulaba calaveras de animales del desierto, que coleccionaba, y otros huesos, que incorporó a varias de sus pinturas, en ocasiones como elementos de apariencia sobrenatural. «Ella tenía una conexión con la naturaleza evidente y casi mística», sostiene Ruiz del Árbol. Y, como afirma la crítica de arte de The New York Times Roberta Smith, O’Keeffe fue «la estilista y comisaria de su propio mito», era totalmente consciente de la imagen que quería proyectar al mundo e hizo de su vida –su ropa, sus viviendas, su estética sobria– una obra de arte. «Ella era consecuente, por eso todas sus expresiones vitales están relacionadas, desde cómo vestía hasta los objetos que recogía y recolectaba y se convertían en su colección personal, las piedras, los huesos, las conchas, hasta su obra, cómo decoraba sus casas. Todo destila la misma esencia», subraya la comisaria de la exposición del Thyssen.

Georgia O'Keeffe

‘Cabeza de carnero, malva real blanca. Colinas’ (1935) es una de las obras que se muestran en la exposición del Museo Thyssen. Foto: Brooklyn Museum, legado de Edith y Milton Lowenthal/Georgia O’Keeffe Museum

Georgia O'Keeffe

En su rancho, la artista coleccionaba calaveras y piedras, como se ve en esta imagen de 1966. Foto: Getty

El fotógrafo John Loengard fue uno de los pocos que lograron ver, y contar, ese universo tan personal en el que O’Keeffe vivía en Nuevo México. En 1966 fue allí a realizar un reportaje para la revista Life y pudo inmortalizar su día a día. La pintora se rodeaba de un círculo pequeño, su ama de llaves, su asistente (el ceramista Juan Hamilton, 58 años más joven, sobre quien se rumoreó que se habían casado en secreto, y que heredó gran parte de sus posesiones cuando ella falleció a los 98 años en 1986), amigos a los que permitía hacer visitas. «No estaba recluida ahí, pero era ella quien decidía quién la visitaba y cuándo. Le gustaba la soledad, y pintar de soledad. En ese deseo de vivir en un lugar tan remoto, que yo no veo como una reclusión, sí que hay un deseo de soledad», apunta Ruiz del Árbol.

Georgia O'Keeffe

La artista, junto a sus dos perros Chow Chow, en Ghost Ranch. Foto: Getty

Expertos como la historiadora del arte Wanda M. Corn, comisaria del Museo de Brooklyn, sostienen que fue un ejemplo a seguir para los incipientes movimientos alternativos que extendían por Estados Unidos: «Se hizo famosa por su independencia, por la forma en que diseñó su vida, de una manera tan sencilla que parecía un modelo a seguir para toda la contracultura (…) El reportaje de Life tocó un nervio al ser publicado en el 68 en la gente que quería dejar la vida urbana y apostar por un estilo de vida sostenible. Los hippies y el feminismo fueron parte de su nuevo público». Hoy en día, su predicamento no ha perdido atractivo.

Georgia O'Keeffe

En 1966 el fotógrafo de la revista ‘Life’ John Loengard pudo fotografiar el estudio de O’Keeffe en Nuevo México y sus dos casas. Foto: Getty



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