martes, junio 22, 2021
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Cómo la técnica del nido de abeja recorre la historia de la moda | Actualidad, Moda


Antes de verse en la pechera de los trajecitos infantiles que llevan los hijos de la realeza, en las colecciones de diseñadores como Molly Goddard y en la app de Zara, en múltiples blusas y vestidos, la técnica del nido de abeja tenía una existencia mucho más prosaica. Se utilizaba sobre todo en blusones de trabajo para hombre, que eran la prenda más común para la clase menestral. Fijarse en ellas sirve para hacer un viaje por la historia de la moda y ver cómo una prenda basta y barata se resignificó cuando en el siglo XIX la adoptó gente como de la bohemia, los llamados “dress reformers”, y apósteles del dandismo como Oscar Wilde, que vio en los trajes sencillos de los lecheros de Londres la pureza que no encontraba en las ropas burguesas.

La historiadora de la moda Alison Toplis lleva años investigando estas prendas y contando historias relacionadas con ellas en un blog y una cuenta de Instagram que mantiene muy actualizados, y ahora publica también un libro, The Hidden History of the Smock Frock (Bloomsbury Visual Arts). “Como historiadora, lo que apasiona es investigar sobre a ropa que llevaba la gente ordinaria”, explica. Además, al contrario de lo que suele suceder con las prendas de los obreros y los campesinos, que suelen estar muy ausentes de los archivos de moda porque no existió interés en conservarlas, sí que existen suficientes blusones con fruncidos en los museos británicos.

En lugar de escoger para la portada del libro un vestido espectacular de nido de abeja de los que aparecen a veces en su Instagram, como uno de Sarah Burton para McQueen que subvierte la imagen inocente de esa técnica al usarla sobre un escote de balcón y con un corsé por encima, o un traje de cóctel los años 30, que lleva nido de abeja desde la pechera hasta las rodillas, Toplis ha preferido poner en la cubierta la foto de Arthur Smith, un chaval que en 1872 robó un conejo y posó para su foto policial con un blusón con fruncidos en la pechera, probablemente bastante sucio. “Quería enfatizar esa idea poco romántica del smock, que era una prenda ordinaria del día a día y que muchos hombres trabajadores la llevaban a mediados del siglo XIX, y que no todos estaban bien hechos. Muchas veces los confeccionaban muy rápido mujeres a las que pagaban muy poco”.

Algunas de sus historias preferidas relacionadas con esta prenda, que están en el libro y también en el blog van por ahí. “Son eventos ordinarios de hombres trabajadores, cosas que normalmente se pierden en los archivos históricos. Por ejemplo, hombres que iban al pueblo de al lado después de cobrar su jornal a beber con amigos y de paso comprarse una bata. Si sabemos de eso es porque a veces acababan en los juzgados, si había algún tipo de altercado por el consumo de alcohol y perdían la bata”. En un apartado habla también de los “Rebecca riots”, unos altercados que sucedieron en 1843 en Gales, cuando una protesta por el pago de peajes en las carreteras rurales –de ahí el nombre de Rebeca, que en la Biblia dice que “poseer las puertas de aquellos que nos odian”– devino en un motín general contra las condiciones de pobreza de la gente del campo. Los manifestantes se hacían indistinguibles a la policía vistiendo todos sus smocks.

Estos portadores originarios del smock frock aparecen en pinturas de principios del siglo XIX, en postales que glorificaban el campo inglés y en algunas de las primeras fotografías. Vemos por ejemplo a un granjero y predicador metodista de Swanbourne, fotografiado en 1894 con una bata de nido de abeja que no desentonaría mucho ahora en la colección de una marca de ropa artesanal tipo Andion.

Ese traspaso, de lo rústico y masculino, a lo delicado y femenino se produjo, explica Toplis, en torno a 1880, cuando los hombres de clase trabajadora abandonaron las batas por los pantalones y chaquetas de manufactura industrial, y se enamoraron de esas prendas los llamados “dress reformers”, los reformadores del vestir que abogaban por ropajes unisex que permitieran el libro movimiento. En ese momento, también se valora vestir a los niños de manera menos encorsetada. “Además tenían un elemento como de disfraz, lo cual era importante en ese momento”, explica la historiadora. “Los vendían en tiendas como Liberty (los famosos grandes almacenes de Londres) y se convirtieron en el vestido preferido para los hijos de la élite, incluida la realeza. Hay fotos de gente como el príncipe Felipe de Edimburgo o Agatha Christie llevándolos de bebés”.

En España, donde el sector de la ropa infantil artesanal o semiartesanal de estilo clásico sigue teniendo una enorme potencia, los vestidos infantiles con nido de abeja son un clásico dominguero que también se exporta. Los que suele llevar la princesa Charlotte, por ejemplo, son de Pepa & Co, la firma de estilo nostálgico que abrió una malagueña en Londres.

La princesa Charlotte, fiel al nido de abeja.

El movimiento Arts and Crafts, que tenía un fuerte componente de reacción anti-industrial y buscaba valorar los oficios y la artesanía a mediados del siglo XIX, también vio en los blusones campesinos y en el nido de abeja una especie de pureza original. Se les confería a esas prendas, además de comodidad, cierta altura moral, como si recogieran entre sus frunces la dignidad del trabajo y la sencillez de lo campestre. “La actriz victoriana Ellen Terry era una fanática de este estilo”, explica Toplis. “En 1897 estaba representando una obra en el Lyceum de Londres y se tomó unas vacaciones por Inglaterra. En Berkshire vio a un lechero que llevaba una bata blanca y se enamoró al instante. Quiso comprársela allá mismo. El hombre dijo que no pero la llevó a la tienda donde las compraba él. Ella se hizo enviar uno a Londres y desde entonces hacía que todos los que la visitaban en su casa de del campo se los pusiesen”. También los llevaba para trabajar el pope del movimiento Arts and Crafts, William Morris, y los pintores prerrafaelitas, partidarios de los ropajes anchos llevados con cierta teatralidad. Artistas como Dante Gabriel Rossetti empezaron a vestir a las modelos de sus cuadros con vestidos arcaizantes y más tarde los adoptaron también sus esposas. Tenían las mangas anchas, estaban teñidos con tintes naturales y a menudo lucían técnicas de labor complejas, como el propio nido de abeja. Ese estilo, que se hacía llamar el “vestido artístico” y que se hizo popular en círculos intelectuales en torno a la década de 1860, se transformó dos décadas después en algo distinto y mucho más lujoso, en esos vestidos infantiles de telas caras, pero los blusones siempre conservaron un pie en la bohemia. En torno a 1917 había varias mujeres artistas que vivían en Greenwich Village, en Nueva York,que los los volvieron a adoptar como vestido de diario. Una de ellas dera Jessie Tarbox Beals, una de las primeras fotorreporteras.

Camiseta de nido de abeja de Mango. (19,99 euros). Foto: Cortesía de Mango

Siguiendo con el aura neorruralista de la prenda, los hippies volvieron a valorar el smock en los años 60 y 70, sobre todo porque permitía hacer vestidos y blusas fluidos que servían de tapiz para los grandes estampados. Eso se sofisticó y se trasladó ya entonces a algunas colecciones de Yves Saint Laurent y Givenchy. “La técnica también fue muy atractiva para lso diseñadores japoneses rupturistas, como Kenzo en los 70”, apunta Toplis.

¿Y ahora? “Molly Goddard ha sido brillante haciendo que el nido de abeja vuelva a ser relevante. Ella ha generado una nueva silueta, la ligerezaza de sus vestidos de tul genera un efecto muy atractivo y, como dice ella misma, nos recuerda a la infancia y a disfrazarnos”, apunta la historiadora. En su opinión, el hecho de que el nido de abeja vuelva a estar muy presente en las colecciones desde hace un par de años tiene que ver con la nostalgia y el deseo de recuperar técnicas artesanales. “Dior, Gucci, Hermes y otras han incorporado estos fruncidos, y también las marcas mass market como Zara, H&M y Uniqlo. Todo esto indica que la moda lenta quiere presentarse como un consuelo en medio de la pandemia y la crisis climática”.

Vestido verde con nido de abeja de Molly Goddard. Foto: Getty

 





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